Grazalema a 8 de marzo de 1.795. La Escuela Náutica de San Telmo

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 Diego Martínez Salas

 

El invierno de 1.795 fue especialmente duro. No cesó el agua, ni el viento. Tampoco esa oscuridad tan grazalemeña de los días de lluvia,  en los que las plúmbeas nubes velan la cumbre del San Cristóbal. Ese año la montaña quedó inédita y escondida durante su mayor parte.

Y el frío. Ese frío intenso, doloroso que en todo momento, mordía nuestras caras y que cada día que acababa, aplastaba un poco mas el pecho del pobre Antonio.  

Recuerdo que de mañana, tras contemplar la nieve caída durante la noche, miraba al sol y pensaba que ese invierno había vuelto a perder parte de su fulgor. Estaba apagado y frío, como si se hubiera astiado de su diaria misión y se negara a calentar, ofendido quizás, por nuestra ingrata falta de reconocimiento a todos sus servicios.

 

Pero poco podía importar todas estas disgresiones al joven Antonio que yacía, esperando junto a su fosa, a que el sacerdote oficiante, entonara el responso por su alma, antes de que retornaran sus restos a la misma tierra que le vio nacer. 

 

Ne recordéris peccáta mea, Dómine. Comenzó a cantar, embutido en la negra capa pluvial y en su birrete, que le protegían del viento reinante. 

 

Dírige, Dómine, Deus meus, in conspéctu tuo viam meam, respondía el obeso sacristán y la concurrencia menos protegida que el párroco.

El sepulturero, sin apreciar el frío reinante, se apoyaba cansado en la cruz de piedra que presidía el cementerio que abierto en la abrupta ladera tras la Parroquia, se precipitaba sobre el río. Había tenido que luchar con la pedregosa tierra endurecida por las grandes nevadas que habían caído en los  últimas días, y todavía mantenía la respiración acelerada, mientras esperaba a que terminase el oficiante. 

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1.908. Aún se puede vislumbrar el solar del antiguo cementerio tras la Parroquia conocido popularmente como “los tres bancales”

 

Dum véneris iudicáre sæculum per ignem. Respondí, pensando malévolamente que el fuego, aunque fuese el eterno, podría sustituir en algo a un sol tan ineficaz como el que nos alumbraba. En ese momento, dejé de seguir el responso y me quedé absorto contemplando la lejana ribera del río. Igualada por la nieve, parecía un enorme manto blanco, solo herido por el cauce de un rugiente Guadalete, ocupado  y en guerra con las aguas del deshielo. El campo helado y bello, parecía una hermosa novia acicalada para su noche nupcial. Y esa misma noche, enamoró, besó y tiño de rojo por última vez los labios de Antonio. 

 El Real Colegio de San Telmo, remitió a Antonio a Grazalema, tan pronto como las primeras toses delataron que había contraído la enfermedad. Procuraron, como de hecho se suele pensar, que la remisión a esta Villa, lejos de la ciudad y del colegio ayudarían a su recuperación, evitando de paso el contagio de sus compañeros. 

El Director y el médico de la Armada no dejaron de encargar que se se le procurase por las autoridades una buena alimentación, y una sana habitación, haciéndose cargo de todos los gastos, y encomendándome como médico de la Villa, se le tratase con los remedios de rigor. Sin embargo, ni las dosis de arsénico, ni el tanino, ni el yodo ni las inhalaciones de alquitrán, ni las bedidas con alcohol, lograron mejoría alguna. Antonio, se fue apagando progresívamente, junto al sol, a pesar de los desvelos y del cariño de su hermano Juan, que no cesó de velarlo y cuidarlo hasta la hora de su muerte. 

 

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Réquien aetérnam dona ei Dómine, et lux perpétua lúceat ei, declamaba el sacerdote, mientras algunos carmelitas del convento bajo sus blancas capas, miraban inquietos al cielo, tras sentir en su cara las primeras gotas que comenzaban a caer.


Por contra la cara de Antonio que asomaba envuelta en su sudario, no parecía notar las molestas gotas. Es curioso, como la cara de los muertos, recuperan por algunos momentos la serena belleza de la juventud. Su rostro, me recordaba, a cuando con nueve años, marchó a Málaga, soñando con las aventuras que iba a vivir cuando fuese piloto de la Armada del Rey Nuestro Señor. Embarcaría y surcando los mares lucharía contra los enemigos de la Religión y Nuestro Rey, nos decía antes de marchar.

Tan pronto como el Señor Arcipreste de Grazalema recibió el oficio que anunciaba la convocatoria de varias vacantes en el Real Colegio, se acordó de Antonio que huérfano de padre y madre, por la epidemia que recordaba la misma cruz de piedra del cementerio, era además despierto e inteligente por lo que cumplía todos los requisitos exigidos para su matrícula. No había que desaprovechar esa oportunidad, pues sólo los colegios de San Telmo de Málaga y Sevilla, abrían la posibilidad de convertirse en un Oficial de Mar de la Armada, tras una esmerada educación técnica que pocas instituciones fuera de la Iglesia eran capaces de prestar en esos años.

Colegio de San Telmo, hoy sede del Ateneo de Málaga

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Tras remitir la instancia al Real Colegio, y enviar algunas cartas para recomendar el negocio, entre otras una al influyente grazalemeño Diego Chacón Bocanegra, Canónigo Magistral de Málaga, capellán del Obispo y predicador afamado;  se recibió al poco tiempo el oficio con su admisión. 

Camino de Málaga se enfrentaba a una formación integral y exigente de mas de nueve años en el que por los catedráticos del colegio se enseñaban primeras letras, lengua francesa, matemáticas, navegación, maniobra, astronomía, quimica, artilleria y comercio. 

Vieja y abandonada Torre de Observación Astronómica del Colegio. Aún conserva pintada una olvidada bóveda celeste para las clases

 

 

Finalizados los estudios y las prácticas que se realizaban embarcados, viajando incluso a las Indias, se examinaban de Pilotos, quedando inscritos en la Matricula Naval de la Provincia Marítima y por tanto obligados a servir durante un tiempo determinado en la marina mercante o en los buques de guerra del rey. 

Parecía que Antonio podría labrarse un buen futuro, superior incluso al de muchos de sus paisanos de mejor posición. Sin embargo, a los pocos años de estancia en el colegio, contrajo la Tisis que comenzó a extenderse de forma anormal durante los últimos años del siglo, frustrando sus ilusiones y su vida. Siguen las gotas cayendo con mas intensidad y el sacerdote acelera el responso:


…Absólve, quaesumus, Dómine, ánimam fámuli tui Antonius ab omni vínculo delictórum: ut, in resurrectiónis glóroa, ínter Sanctos et eléctos tuos resuscitare respiret. Per Christum Dóminum nostrum.

Amen

La Cruz Parroquial, con su manga negra y los escasos familiares y amigos que se han atrevido a acudir al sepelio abandonan rápidamente el lugar acuciados por el frío y por el agua que ahora comienza a caer como sólo un grazalemeño sabe que puede caer la lluvia. Y quedan a solas el sepulturero y Antonio.


Tras abandonar el lugar, y a pesar del aguacero, marché preocupado al vecino muladar, fuera de la Puerta de la Villa, para comprobar que se habían cumplido mis instrucciones y se habían quemado las ropas, cama y muebles de Antonio. Había que evitar el contagio que produciría su contacto en los imprudentes vecinos que en estos casos acudían a apropiárselos.  Allí en el fuego purificador se consumían el tricornio, la chupa y la casaca azul de colegial, con su pluma y con el escudete que pintaba las anclas y las armas del rey, como premio a su excelencia en el estudio. 

A los pocos días, en mi gabinete, cogí la pluma y escribí:

 

Uniforme (verano y  fiesta) de la  Escuela Nautica de San Telmo

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“Como médico titular de la Villa de Grazalema certifico que don Antonio Ruiz, Colegial en el de San Telmo de Málaga murió el mes pasado en esta Villa, confirmado de tísico pulmonar; de cuya resultas dispuse que se consumiera en el fuego toda quanta ropa tenía y además una Capa de paño que el pobre de su hermano Juan le avía prestado para preservarlo del sumo frío que ha hecho este invierno, como también de algunos muebles presisos, que servían en la pieza donde asistió y murió que todo ello valdría como cien reales de vellón.

 

Certifico al mismo tiempo que este su hermano siendo pobre, que no subsiste sino del jornal diario como oficial de tundidor de paños, ha perdido por asistir al enfermo algunos días, y muchos medios jornales en el discurso de su enfermedad y para que conste doy la presente en mi estudio a 8 de marzo de 1.795. Firmado Pedro de Piña”


Han pasado mas de doscientos años, y me sigue produciendo cierta melancolía la lectura de esta carta que se encuentra en el Archivo del Instituto Vicente Espinel de Málaga, que acoge lo que queda del Archivo de la Escuela Naval de San Telmo. 


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A partir de 1.790, el sol bajó la intensidad de su actividad, reduciendo su luminosidad y la temperatura del planeta. Este fenómeno conocido como “Mínimo Dalton”, se extenderá hasta 1.820 abarcando uno de los periodos mas duros de la historia de España, en los que las guerras, el frío, las malas cosechas y el hambre castigarán a nuestros antepasados. Por si fuera poco las epidemias se sucedieron durante este período y la tuberculosis, avanzó de forma especial.


Es curioso como España, hasta la llegada del S. XIX, era prácticamente el único país en el que se admitía el carácter contagioso de la tuberculosis, por lo que se adoptaban medidas de aislamiento y alimentación, como las que relata la carta. Estas pautas se abandonaron a partir de la época Napoleónica, por considerar la ciencia médica francesa, que eran creencias producto de la superstición, a la que eramos tan aficionados los españoles, lo que provocó el abandono de la política de aislamientos y consecuentemente el aumento de los contagios. 

Tanto Antonio Ruiz, como la mayoría de los fallecidos durante ese siglo, deben de seguir descansando en el antiguo cementerio que se encontraba en la ladera que se abre tras la Parroquia y el Hotel Puerta de la Villa. 

Foto de Manuel García Castro

Ese cementerio, que se conocía como “los tres bancales”, se encontraba presidido por una gran cruz de granito, colocada como era costumbre para señalar alguna fosa común abierta en alguna de las numerosas epidemias que asolaban nuestros pueblos. No sabemos donde acabó la citada cruz pero si todavía existe, debería de volverse a colocar en el cementerio, pidiendo una oración por sus almas.

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Hoy he acudido a las antiguas dependencias de la Escuela, que conserva, en buena medida, el aspecto que tuvo  durante la estancia de este pariente lejano y  paisano nuestro. He recorrido sus pasillos y sus patios, escuchando la triste pieza musical que abre estas líneas, y pensando en su vida, truncada en plena juventud, en sus ilusiones y en la de tantos grazalemeños que nos precedieron, y que esperan silentes la hora de su resurrección   A ellos van dedicadas estas líneas.

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Publicado el agosto 23, 2013 en Relatos y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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