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Diego Martínez Salas

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Este año se cumple el cuatrocientos aniversario del nacimiento de Fray Raimundo del Valle. Filósofo y  misionero de lejanas tierras y uno de los últimos místicos  españoles del siglo XVII. Nació Fray Raimundo, en la entonces malagueña villa de Grazalema, recibiendo en la pila bautismal el nombre de Juan.

 

Siendo todavía muy niño, perdió a ambos padres, probablemente en alguna de las epidemias de peste que diezmaron la población del siglo XVII. Huérfano y solo, tuvo la suerte de encontrar amparo con un hermano de su padre, a la sazón sacerdote en Grazalema, y bajo cuya  custodia fue madurando una mente despierta y una viva piedad que determinaron a su tío a encaminarlo  al sacerdocio.

Juan sentía claramente la vocación a la vida religiosa, y de haber ingresado en el seminario de Málaga, hubiese tenido una vida cómoda y placentera en Grazalema, pues su tío disfrutaba de las rentas de uno de los beneficios o capellanías existentes en Grazalema, siendo de los denominados de “sangre”. Es decir que le confería el derecho de cederlo o transmitirlo a algún familiar sacerdote de su elección. Plan que concebía su tutor  para cuando su muerte aconteciera.

 
Sin embargo, el joven Juan, aunque sentía en su interior una firme vocación religiosa,  barruntaba que la misma debía de encaminarse, más que a la cómoda vida de sacerdote en su pueblo, a la soledad y pobreza de un convento, lugar más apropiado para la vida ascética y contemplativa que deseaba. El problema era que no acertaba a intuir cual orden religiosa se podía adaptar más a lo que el Señor  le pedía.
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Iglesia de la Encarnación a principios del Siglo XX.

 

Probó solicitando el hábito en el convento de Terciarios Franciscanos de Sevilla, y luego en el Convento de Padres Trinitarios de Ronda, pero al fin abandonando estos proyectos, sin saber la razón de esta mudanza, se fijó en Orden de Santo Domingo.
 
En su decisión debió de pesar, la especial naturaleza de esta orden, que compatibilizaba la pobreza, la vocación apostólica y la vida ascética propia de las órdenes mendicantes con una importante formación intelectual.
 
Decidido pues, por la Orden de Predicadores tomó su hábito en el Convento de San Pedro Mártir de la Vera Cruz La Real de Ronda, y que hoy, reconvertido en Palacio de Congresos, cuelga del Tajo junto al Puente Nuevo.
 
Allí, siguiendo la costumbre conventual, renunció a su nombre como símbolo de pobreza y desprendimiento y tomó el de Raimundo, en recuerdo del gran santo dominico San Raimundo de Peñafort.
 
Tras el preceptivo año de noviciado en Ronda, se trasladó a Granada para continuar sus estudios, ordenándose sacerdote y doctorándose en Filosofía, donde fue catedrático de esta disciplina en el Estudio General Dominico de la Santa Cruz.
 
Durante su estancia en la antigua Elvira, escribió “De Ánima Hóminis”,integrado por tres volúmenes: “De Existentia Animae”, (De la existencia del alma), “De Quidditate”, (De la Esencia) y  “De Inmortalitate” (De la inmortalidad). Tratado del que se conserva una copia en la Biblioteca Dominica de Roma.

El convento dominico de Granada, no solo fue una de las instituciones culturales mas renombradas de la época sino que fue centro de una de las escuelas místicas mas importantes del Siglo de Oro, encabezada por Fray Luís de Granada. Allí Fray Raimundo del Valle, compatibilizó el estudio y la enseñanza con una profunda vida ascética centrada en la oración, en la penitencia y en las privaciones corporales para conseguir con estos medios “purgar” del alma y de la memoria todo apego a los sentidos corporales y que impedían. según los ascéticos orientar el alma plenamente a Dios.

Claustro del Convento de Santo Domingo de Ronda 

 

El mismo confesó en una relación o memoria de su vida interior que le obligó hacer su prelado:
 
“…que la llama celestial del divino amor, que ardía en su pecho, le impelía sin cesar de hacer muchas penitencias y mortificaciones corporales, si bien él se sujetaba a la dirección  y a los consejos de su sabio confesor”.
 
Según los místicos, tras culminar este proceso que los ascetas llaman “vía purgativa”, el alma ya se encontraría limpia pero desamparada y angustiada pues “desapegada” del mundo carece también del contacto con Dios. En este punto, según la citada corriente espiritual, el alma era atacada por todo tipo de tentaciones e incluso por la presencia del demonio, debiendo seguir buscando a Dios mediante una continua introspección y humildad.
 
Que durante toda su vida, nuestro paisano fue acechado continuamente por el demonio, y de como superó con fortaleza y humildad estas pruebas, dan fe sus compañeros misioneros en China que dirán de él tras su muerte que:
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“…fueron tantas las tribulaciones que sufrió y tan grande su paciencia que no le hacían impresión las enfermedades, los trabajos, ni las persecuciones de los hombres, ni aún las mismas amenazas infernales con que pretendían intimidarle las potestades del abismo, ahuyentando sin cesar el poder de las tinieblas que ponía en juego sus artes bajo las apariciones más horrendas para hacerle vacilar en los caminos de Dios”.

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La vida ascética de Fray Raimundo se vio pronto recompensada con el éxtasis místico, o experiencia de Dios y que puede definirse como la decisión gratuita de Dios de unirse a su criatura, revelándole un conocimiento y un placer sin límites. Esta unión mística se manifestaba con diversos fenómenos, tales como la levitación o arrobamiento, que acompañó a nuestro paisano en numerosas ocasiones:
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“En Granada, sintiose favorecido con dones extraordinarios que revelaron a su espíritu, un nuevo mundo poblado de almas y perfectas y moradas celestiales. Por más que procurase esconder esto favores a los ojos de los hombres, aún se le vio muchas veces elevarse por los aires en arrobamientos asombrosos, que no le era dable evitar ni prevenir de ningún modo. Y esto sucedió algunas veces a vista del todo un pueblo, en las circunstancias mas solemnes y en los lugares mas concurridos y más públicos.”

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Otro de los fenómenos que solían manifestarse en el éxtasis místico y que sabemos se dio en Fray Raimundo era la compunción o don de lagrimas.


Convento de Santo Domingo de Granada

Muchos místicos, a través de los tiempos, han descrito la experiencia de compunción como el primer paso a la vida espiritual genuina.

Una vez abrumados por la profunda realización de cuanto hemos herido a los demás con nuestros comportamientos auto-indulgentes, entonces nosotros, como Cristo llorando por nosotros, comenzaremos a llorar por nosotros mismos y por los demás. Santa Teresa de Ávila describe a un alma en semejante dolor:

“Quizás de alguna forma la pena viene de un dolor profundo que siente al ver que Dios es ofendido y poco estimado en éste mundo y que muchas almas se pierden . . . Aunque vea que la misericordia de Dios es grande- pues por muy malvadas que  sean sus vidas, estas almas pueden enmendarse y ser salvadas,-ella teme que muchas están siendo condenadas…El dolor sufrido en ese estado… rompe y tritura al alma y la hace pedazos, sin que el alma luche por ello o aún a veces, sin quererlo el alma..  . . Si un alma con tan poca caridad cuando es comparada a la de Cristo . . . siente este tormento tan insoportable, ¿cual tendría que haber sido el sentimiento de Nuestro Señor Jesucristo?”
 
Pero en este punto y ante esta pena, el alma no puede, ni sabe que hacer. Solo si la gracia divina lo quiere, las lágrimas y el dolor inicial serán escuchados, comenzando un viaje hacia el amor puro,  iniciándose como signo del mismo el profundo don de lágrimas.
Muchos fueron los testigos de la presencia de este don en Fray Raimundo éste se manifestaba con frecuencia mientras celebraba la Santa Misa:
 
Poseía el don de lágrimas y las derramaba con tanta abundancia en el Santo Sacrificio de la Misa, que empapaba con frecuencia las vestiduras sagradas.”
 
Aunque Fray Raimundo, intentaba mantener en secreto muchos de los fenómenos que le ocurrían, la publicidad con que se manifestaron algunos de ellos, hizo que su fama se fuese extendiendo por Granada y Córdoba hasta el extremo de que comenzaron a acudir a verlo “inmensas muchedumbres, que acudían de todas partes a contemplar de cerca al famoso taumaturgo”
 
Hombre humilde, creyó que únicamente podía sustraerse a la situación en que se encontraba, saliendo de Granada para ocultarse en tierras lejanas. Para lograrlo, se incorporó a una misión que se estaba organizando para llevar el evangelio a Gran Bretaña. Sin embargo, el componente religioso de la guerra de las Tres Naciones que se estaba desarrollando en Inglaterra  determinó una nueva proscripción del catolicismo en Inglaterra, lo que hizo fracasar el intento, por lo que decidió incardinarse en la Provincia dominica del Santísimo Rosario que abarcaba Japón, Filipinas, China y Vietnam.
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En 1642, junto con otros veintiocho compañeros de la orden, salió de Sevilla para Manila. El viaje tenía una primera etapa que finalizaba en el puerto de Vera Cruz. Allí cruzaron en caravana el territorio Mexicano hasta llegar al puerto de Acapulco en el Pacífico donde tomaron el legendario “Galeón de Manila”, que les llevó hasta Manila donde desembarcaron el 5 de Abril de 1643, concluyendo un penoso viaje de algo mas de un año, en el que perecerían algunos de sus compañeros.
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Llegó Fray Raimundo a una ciudad en la que tras su conquista, comenzó un creciente comercio con los chinos  llegados del continente, que se fueron estableciendo en la ciudad hasta superar en número a los propios españoles. Ante esta inferioridad, se obligó a los que no se convirtieron al cristianismo a vivir extra muros, creándose un nuevo barrio, el de “Parian”, que se convirtió en el mercado de la ciudad. Dicha alcaicería, como la llamaban los españoles, se cerraba tras la caída del sol, prohibiéndose la salida bajo pena capital, con lo que se controlaba a la población china y se garantizaba la seguridad de la ciudad.

Puerta e Iglesia del Barrio de Parian de Manila

 

La evangelización de los chinos de Parián, paganos en su mayoría, se encomendó a los Dominicos, quedando adscrito a dicha parroquia Fray Raimundo, que aprovechó su estancia para aprender Chino, Tagalo y Japonés, llegando a dominar con elegancia dichos idiomas. Y ello mientras esperaba la oportunidad para poder marchar a Japón, que era el destino que anhelaba. 

Sin embargo, los distintos intentos que realizó su orden para marchar al imperio nipón, tras la persecución y matanza de cristianos de 1.630, fracasaron sucesivamente, ya que Japón cerró sus fronteras al cristianismo y a occidente hasta bien avanzado el siglo XIX.
 
Fracasado el intento, mudó el destino de su vocación hasta China, si bien este nuevo sueño misionero quedó igualmente encallado ante la invasión manchú de China y por la actitud de los gobernadores españoles de Filipinas que no veían con buenos ojos la marcha de los misioneros del archipiélago, siempre escaso de peninsulares y en el que el establecimiento de las misiones religiosas, era el mayor factor de occidentalización con que se contaba para asimilar a los tagalos filipinos.
 
Aparcado el proyecto, marchó en 1.647, al norte de la Isla de Luzón para evangelizar desde la nada, las rebeldes islas Babuyanes, donde permanecerá hasta 1650, en el que se trasladó a la península de Pangasinán, donde misionó igualmente hasta 1655.
 
Ese año, decidieron los dominicos que había llegado el momento de pasar a China, aprovechando que el nuevo emperador Manchú había autorizado la construcción de una iglesia en Pekín. Cinco fueron los sacerdotes elegidos para ello. Todos de una piedad, formación intelectual y calidad humana excepcional. Al frente de ellos iba Fray Gregorio López, chino de nacimiento y por tanto el único autorizado por las autoridades españolas a viajar a China. 

El día señalado Fray Gregorio se embarcó solo en un buque chino, con destino al continente. Al anochecer un bote que había salido subrepticiamente desde las cercanías de Manila abordó al sampan de Fray Gregorio, llevando junto a él, a los otros cuatro misioneros.
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A los pocos días llegaron a Xiamen, en la actual provincia de Fujian que fue el puerto más importante de China hasta bien entrado el S. XIX, y que en ese momento era la capital de los partidarios de la derrocada dinastía Ming que aún resistían la invasión de los manchúes. Allí dejaron al Padre Ricci, para que se encargase de atender a su comunidad cristiana, y como punto de comunicación entre las nuevas misiones chinas y Manila.

Ciudad y  puerto de Xaimen en la provincia de Fuijan en China y uno de los mas importantes destinos turísticos de China

 

El resto partió al sur, hacia la provincia de Fujian en poder de los manchúes, estableciéndose en Mo-yang, ciudad cercana a la actual Hong Kong. Allí comenzaron a trabajar, demostrando tanta piedad y caridad hacía los mas desfavorecidos cruelmente abandonados por los paganos que lograron la conversión de numerosas personas. Estimulados por los frutos obtenidos quisieron llevar el cristianismo mas al norte, a la provincia, también costera de Zhejiang junto a Shangai, donde sabían que existía una pequeña comunidad  cristiana completamente desasistida. A este nuevo destino se sumó Fray Raimundo, que durante este período perfeccionó su mandarín y el dialecto de Fujian hasta escribirlos con erudición. 

Antes de partir, las tropas fieles a la derrocada dinastía Ming, encabezadas por Kue-Sing que desde Xiamen dominada todo la franja costera del sur de china, invadió la provincia, asolando todo lo que encontraba a su paso con una crueldad irrefrenable. 


La única solución para evitar la muerte, era la huida, pero esta resultaba peligrosa para nuestro Fray Raimundo que había caído gravemente enfermó y se encontraba, casi agónico en el pueblo de Ting-Teu, donde estaba al cuidado su compañero de orden el Padre Varo. 

Deseando Fray Raimundo no ser una rémora para el Padre Varo, le dijo:

“Ya ve vuestra reverencia como vienen esos enemigos a nosotros; yo ya no soy de provecho en este mundo, y así aunque me quiten la vida, poco se pierde; espero en el Señor  que se me han de perdonar  todas mis culpas, y me ayudará también en la hora de la muerte. Vuestra reverencia empero, se halla en un caso muy distinto. Puede servir mucho a Dios y a esas buenas cristiandades, y así debe conservarse para el prójimo, pues no se pertenece a sí mismo, sino al bien de la misión y de las almas. Póngase pues, en seguro, y deje a este trasto inútil, que de dos males hemos de escoger el menor”.
 
Enternecido el compañero, no quiso en ningún momento abandonar el enfermo, y al efecto lo hizo trasladar penósamente a dos millas de distancia, donde pudieron hallar un asilo más seguro, aunque sin apartarse del enfermo, para poder prestarle en todo caso los últimos auxilios espirituales. 

Pudieron albergarse allí en una casa de campo que pertenecía á una familia cristiana, en donde descansaron finalmente de su fatigoso viaje. Sin embargo, poco pudieron recuperarse pues tomaron conocimiento que de una vecina montaña bajaba una horda de bandidos, más temibles aún que las tropas de Kue-sing, por lo que para evitar dicho encuentro hubieron de refugiarse en un bonzorio (monasterio budista) apartado, por mediación de un cristiano que tenía mucha influencia en la región.
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En un pequeño aposento de este monasterio celebraron la fiesta de Navidad. El Padre Varo trasformó la habitación en oratorio, y celebró con devoción el santo sacrificio de la Misa, y dio la comunión al “santo enfermo” (las crónicas de la orden suelen resaltar constantemente la santidad de Fray Raimundo, con adjetivos de este tipo) y a los cristianos y devotos que los acompañaban en su asilo.

Jesuitas vestidos de Mandarines en el S.XVII. Jesuitas y Dominicos utilizaron estas vestimentas como instrumentos de inculturización 


Entonces se supo en el bonzorio que el pueblo de Mo-yang se había sometido de buen grado a Kue-sing, lo que le había librado del hierro y de la devastación.

Reconocido en Mo-yang un cristiano amigo de los de los PP. misioneros, los soldados de Kue-sing le preguntaron por la residencia de nuestros frailes; mas temiendo que tratasen de hacerles algún daño, les contestó que ignoraba en aquellas circunstancias cual fuera su destino.

Visto el interés de los invasores, y creyendo que pronto descubrirían su paradero, marchó al monasterio donde se encontraban escondidos para advertirles, viéndose nuevamente obligados a abandonar su refugio , siendo sorprendidos al poco por las mismas tropas que pretendían eludir.

Sin embargo, no buscaban los soldados a nuestros frailes para dañarlos, sino que lo hacían por encargo de un capitán amigo del Padre Ricci, aquel que dejaron en Xiamen, y que preocupado por estos, los encomendó a su cuidado.
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Puestos a salvo, el capitán se ofreció enviarlos a Xiamen y desde allí a Manila, a lo que se negó cortésmente nuestro Fray Raimundo, agradeciéndole su buena voluntad. No sin antes rogarle que tuviese por bien llevar al expresado Padre Ricci una carta de sus hermanos de Fujian, a fin de que quedara tranquilo sobre su seguridad.

El mismo capitán, ante las necesidades que habían padecido no quiso dejarles marchar sin ofrecerles provisiones. Mas reflexionando nuestro Fray Raimundo y su compañero que todas las subsistencias que habían acopiado en su camino aquellas huestes vandálicas eran sólo el despojo violento de los pueblos y el sustento arrebatado de la boca de los pobres, dieron gracias a aquel jefe por su generoso ofrecimiento, pero se negaron con modestia a recibirlo y aceptarlo.

Esta invasión hizo sufrir mucho a la población, que se veía necesitada de vagar y huir ante los acosos de los corsarios. Trasiego a los que acompañaba nuestro Fray Raimundo para poder asistir espiritualmente a estos cristianos en su penosa diáspora. En estos días de guerra, debieron de mediar en muchas ocasiones para poder rescatar a muchos cristianos hechos prisionero por Kue-sing. 

Por fin, a mediados de 1657 se retiró la escuadra del corsario de las costas de Fujian, dejando sus desmanes y su crueldad tan profunda huella en Fray Raymundo que le movió a escribir en chino  una “Apología contra Yang Kuasng- Sien”, que constaba de dos volúmenes.

Acabada la invasión pudo llegar como Vicario Provincial a la provincia de Zhegiang, donde evangelizó las ciudades de Kinghoa y Lanki entre los años 1657 y 1663.


 

 

En esta provincia tuvo un éxito asombroso, predicando y escribiendo varios libros doctrinales en Chino:

 

“De Córpore Animato Tractatus” (2 vols), la ya nombrada “Apología contra Yang Kuasng- Sien (2 vols.), los “Tratados”  y la “Relación de su vida interior, por mandato de sus superiores”. Si bien que yo sepa no se conservan copia de los mismos.

En 1.663 regresa nuevamente a Fujian como Vicario Provincial y Visitador de su misión dominicana.  Allí le sorprendió la persecución religiosa que se decretó en 1.665 contra los cristianos, tras el fallecimiento del emperador manchú, que los había protegido hasta la fecha e instigada curiosamente por un mahometano, que los acusaba de preparar la invasión española de China, de los que los ritos y símbolos (rosarios, cruces, almanaques litúrgicos) no serían sino señales secretas para señalar el inicio de las revueltas internas que precederían a la invasión

 

Llamado a Pekín junto al resto de sus compañeros, la necesidad de atender a los cristianos de su provincia le obligó a permanecer oculto, pues apenas se apercibieron los cristianos chinos que sus queridos pastores se disponían para marchar a la corte, en virtud de la orden imperial, se opusieron a su viaje con la más viva resistencia, ante el convencimiento de que marchaban a una muerte segura, añadiendo, que estaban resueltos a morir antes que permitir se ausentasen de sus pueblos.  Ante esto Fray Raimundo y su compañero Fray Juan García no pudieron menos que quedarse para proteger a sus fieles, no sin encomendarse a la providencia del Señor.

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Permanecieron ocultos durante varios años, manteniendo el culto de forma discreta, hasta que llegados a ellos la errónea noticia de que habían sido absueltos los cristianos remitidos a Pekín celebraron públicamente una Misa en Acción de Gracias el día de la Exaltación de la Santa Cruz.

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“Entregábanse tranquilos á su espiritual ministerio, cuando se vieron rodeados de esbirros y gente armada, que tenía la consigna de prenderlos y de conducirlos á la cárcel. Una fuga repentina salvó al P. Raimundo de sus manos; mas el  Venerable  García, sorprendido en sus funciones y cargado de cadenas, fue presentado al Gobernador, que desde luego trató de enviarle preso á la corte de Pekín, en donde, como rebelde al mandamiento imperial, hubiera sufrido, á no dudarlo, una muerte tormentosa”.

 

Los buenos oficios de los cristianos chinos lograron la puesta en libertad del preso, pero sus maltrechos sesenta años y los golpes y maltratos de su prisión le llevaron a la muerte.

 

Cesada la persecución siguió pacíficamente su ministerio hasta el momento de su muerte acaecida en Mo-yang, provincia de Fujian el 23 de diciembre de 1.683. 

Dicen de Fray Raimundo del Valle que en medio de tantas briegas, se las ingenió para enamorarse de Dios y escalar las cumbres místicas:

 

“Su vida íntima y privada fue parecida a la de un Ángel escapado de los cielos para vivir con los hombres en la tierra. Distinguiéndose por su gran simplicidad de corazón ”.

 

“La aureola de santidad que circundaba su frente en la conciencia de todos, le habían conquistado una opinión tan extraordinaria entre los fieles, que en todas sus enfermedades y dolencias acudían a él, para su alivio y curación, suponiéndole dotado del poder de los milagros. La fe era la palanca y el gran secreto de su vida para aquellas curaciones que procuraba paliar con medicinas, que ninguna virtud para el efecto tenían y que solo suministraba para que no atribuyesen a otra causa el alivio de sus males.”

 

Dios bendijo copiosamente su labor con frecuentes conversiones e incluso con milagros. Sus compañeros de misión y biógrafos nos hablan de una vida interior muy intensa, pródiga de en gracias especiales, “sequedades terribles de espíritu, arrobamientos, consuelos dulcísimos del señor, todo fuera del orden natural y ordinario de la vida cristiana”.


Catedral de Nuestra Señora del Rosario, en Fohzu capital de Fuijan construida por los Dominicos en el S. XIX

En 1683, tres días antes de la natividad del Señor, sintió un fue dolor de costado, que se fue agravando, hasta el extremo de que fue necesario llamar al Padre Manuel Trigueros, para que fuese a administrarles los últimos sacramentos. Se confesó derramando tiernas lágrimas de dolor y compunción que también enternecieron a su confesor. Después de recibir la unción de enfermos y sin sentir la agonía, como si entraran en sus ojos un dulce y apacible sueño, murió. Dicen quienes presenciaron su muerte que:

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 “Aquel amoroso tránsito, que en nada se parecía a la muerte ordinaria de los hombres, hizo prorrumpir a los cristianos en estas frases notables de gran significación:

 

 

Siempre tuvimos a este padre por santo, y ahora viendo el reposo con  el que ha muerto, se confirma y ratifica mas nuestro sentir”.

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Pocos días antes de su muerte, había escrito el Venerable en un papel, que se halló providencialmente en su breviario, una protesta solemne con la sangre de sus venas, que contenía estas palabras:

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“Esclavo soy de Jesucristo y de la Virgen, y de la Santísima Trinidad, y de todos los santos. Fray Raimundo del Valle.”

 

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Después de esta firma había pintado una argolla, con el dedo tinto también en su sangre, para simbolizar de esta manera la máxima:

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“Servire, Deo regnare est. Servir a Dios es reinar.”

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Tres años más tarde, el Capítulo General de la Provinciade los Dominicos celebrado en Manila, consignó en sus  actas, el entierro de Fray Bartolomé del Valle.

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“Con motivo de las fiestas de Navidad, habían llegado a Mo-yang muchos cristianos de los pueblos inmediatos que participaron en las honras fúnebres que se tributaron a la buena memoria del difunto. La opinión de Santidad en que había muerto y que la fama se había encargado de extender por todas partes, precipitó a las muchedumbres sobre su cadáver para repartirse los despojos de su mísera mortaja, arrancándole hasta los cabellos y la barba que fuera gran desacato si la religión y la piedad no lo excusaran. Todos deseaban poseer algún recuerdo de aquel santo misionero. Sus restos fueron depositados por el pronto en un lugar decente y respetado, y permanecieron inhumados en un féretro cerrado herméticamente hasta la muerte del Ilmo. Palú, (Obispo de China) en que fueron conducidos en gran pompa, con el cadáver del Obispo en un hermoso panteón, construido especialmente para sus cuerpos honorables. El entierro se verificó efectivamente con grande aparato fúnebre. Los cristianos concurrieron a millares de la provincia de Fujian y las montañas y los valles se vieron hervir de muchedumbres que venían por cien caminos para concurrir al santo lugar, donde iban a ser depositados con solemnidad inusitada las cenizas veneradas de aquellos varones inmortales”

 

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Bibliografía

F. Varo. Vida de del V.P. Fr. Raimundo del Valle. Fogán

1685: Archivo del OP de Manila, ms en 48, 333-383

Compendio de la Reseñabiográfica de los religiosos de la provincia del Santísimo Rosario de Filipinas desde su fundación hasta nuestros días. Biblioteca Dominica. Roma

Guede Lisardo. Historia de Málaga. III. Iglesia y Enseñanza. Pag. 150

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Publicado el octubre 20, 2013 en Biografías y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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