La Plaza de la Puentezuela

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Cándido Gutiérrez Nieto

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Queridos paisanos y paisanas. Un cordial saludo a todos

Como les dije en la presentación de esta columna, Grazalema están mis raíces situadas en mi infancia y juventud que quedaron ancladas en las ya lejanas décadas de los años 60, 70 y 80 del pasado siglo. Y por aquí quiero empezar.

El poeta y escritor Miguel de Unamuno dijo aquello de No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez.

Y mis recuerdos, los recuerdo de aquella infancia de los años 60, tuvo en Grazalema un lugar propio y común. Aquella infancia que ahora evoco, se desenvuelve para mí, en torno a la plaza grande que para muchos niños de entonces era todo lo que rodeaba la fuente de la Puentezuela. Y digo Plaza porque en aquellos años estas esquinas parecían la plaza del centro de Grazalema, ya que competían con la Alameda concentrándose allí establecimientos tan importantes para un pequeño pueblo como eran el cuartel de la Guardia Civil. El estanco. Las dos barberías del pueblo, la de Pedro anexa al estanco y la de Caballero que era además tasca de vinos, posteriormente barbería del bueno de Domingo. Un poco más arriba, en el altozano de los Corrales cerquita de mi casa actual, estuvo la panadería de Ceferino, y en la calle Nueva la confitería de los Castro (de la que salían  los cartuchos de sal y los dulces artesanos que vendía Manolo en su canasto de fraile, mientras Juan despachaba helados en las esquinas al grito de “al rico helado mantecado”. También en esta calle, recuerdo los productos que vendía Teresa, traídos por Manolo con su borriquita cargada de uvas de los Terrajos. O el pan de Andrés el Cristo. O la lechería de Teresita junto a los productos de la huerta de la obra que cultivaba Sebastián; y el reparto diario de leche de casa en casa que nos hacía su hijo Antonio. E incluso la tienda de Josefa Salas con su olor profundo a jabón verde entre tiestos de barro y caramelos de a gorda. Y como no, la tienda de Blas y Aurora, mis padres, antiguo cafelillo y luego colmado de ultramarinos, bazar, como otras del pueblo como la de Antonio Soto o Pedro García, donde no cabía un alfiler y se vendía de todo. Tiendas completamente llenas hasta los techos con sus escaparates expectantes de niños en las vísperas de los Reyes Magos.

Nuestros límites espaciales, en aquellos días del brillo infantil, estaban en el recreo que era para nosotros el montón donde encontrábamos el rellano de tierra suficiente para imaginarnos un campo de fútbol o los terraplenes accidentados donde construíamos toboganes o resbalaetas; para enfado de nuestras madres porque allí se rompían para siempre aquellos pantalones llenos de remiendos. En el Montón estrenábamos los juguetes del día de Reyes casi siempre vestidos de cowboys que cada año nos traían alguna nueva versión de las pistolas de El Virginiano o los hermanos de Bonanza.

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Y en la Puentezuela la fuente era la fuente, siempre la fuente; era el centro de este carrusel de actividad donde las mujeres iban a por agua y los hombres del campo paraban a dar de beber a sus bestias.

Junto a la fuente se pregonaba el pescado que había llegado ese día a la plaza de abastos, se leían los bandos del ayuntamiento (“de parte del Sr. Alcalde se hace saber…) y se colocaban los carteles de las corridas de toros de la feria. Junto a la fuente, cada diana floreada de cada día importante del año, la banda de música hacía una parada especial que concentraba a los vecinos de las calles vecinas.

La fuente, la fuente era nuestra plaza. Un lugar privilegiado, como fue privilegiado para otros niños otros lugares del pueblo (el llanete, la calle Nueva, la Alameda, los peñascos, …). Porque el privilegio real y verdadero, no era sólo el lugar, era principalmente y sobre todo la edad, tener y compartir jugando en las calles los años de la infancia. Ese tiempo tan rico y fugaz que todos hemos dispuesto y todos compartimos. Para los niños de entonces, aquellos tiempos estuvieron también marcados por la ausencia de casi todo y por la mucha necesidad. Desde luego que peor, mucho peor fue la de nuestros abuelos, pero nuestra vida y sobre todo la de nuestros padres se vivió con un suspiro permanente que provocaba esa necesidad, con medio pueblo en la emigración y el otro medio tirando como se podía en la espera de tiempos mejores.

Aquellos tiempos contrastan con la opulencia de otras décadas posteriores y la escuela de la necesidad fue un lugar común que formó una generación de españoles y particularmente grazalemeños/as que hoy se distinguen por aquella educación, que obligada y dura, fue útil y efectiva; haciendo que la mayoría sean personas responsables, trabajadoras y comprometidas con su familia y su pueblo.

En fin, la infancia y la Puentezuela, todo un barrio cuajado de miles de anécdotas, para haber realizado hoy una serie de TV al estilo de “Cuéntame”, que ocupó aquella infancia cargada de nostalgias de calles animadas que en la actualidad contrasta bastante con esas mismas calles que cuando visito el pueblo se me antojan más vacías, con menos vecinos y menos ajetreo, por las que los vecinos más que convivir transitan a toda prisa. Calles que hoy  me parecen, además de despobladas, de esquinas desoladas dominadas ahora por los coches y sus riesgos.

Lo importante es rescatar esas calles para los niños y los mayores y aprender de la enseñanza profunda de compartir lugares y afectos, imágenes que duraran para siempre y marcaran nuestros pasos.

 

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Publicado el mayo 19, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Que recuerdos, parece ayer, cuando todavía estaba la tienda de Blas

  2. Cándido Gutiérrez Nieto

    Esta última foto está hecha en la puerta de lo que en aquellos años era el Cuartel de la Guardia Civil (casa de Amparito), frente a la tienda de Blas al final de la calle las Piedras. Los que están en la foto, según recuerdo, son de izquierda a derecha:
    De pie: Antonio Caballero (el barbero), el guardia civil Aguilar que tiene en brazos a mi hermano Ángel Luis y su hija (creo que se llamaba Encarnita), detrás aparece Isabelita (la mujer de Caballero) y mi madre, Aurora, a continuación Encarna (mujer de Aguilar, esta familia de Guardias vivía justo encima del cuartel). Detrás de Encarna está Currita (madre de Pacorro, asiduo de este faceboock) y Catalina “la Vaquera” quien también a comienzos del verano vendía productos de su huerta de la Ribera (creo que estaba en el Aguafría) en su casa de la calle Nueva. Junto a Catalina creo distinguir a la mujer de Juan Antonio Alberto (también asiduo de este faceboock). Junto a ella está Carmen, mujer del Guardia que tiene el muñeco en brazos (creo que se llamaba Molina, esta familia vivía en la actual casa de mi madre en la calle Portal).
    En cuclillas: Mi padre Blas conmigo en brazos, Pedro Chacón que entonces repartía pan que traía de Arroyomolinos y luego tuvo un taxi que se hizo famoso en esta esquina porque un día se le rompieron los frenos y fue a parar a esta misma esquina, milagrosamente sin víctimas. Este taxi estuvo años aparcado y roto (sirviendo de juguete improvisado para todos los niños de aquellas esquinas) en la puerta trasera de la casa, en calle Las Piedras, de Pepe “el Santo”, quien le acompaña a su derecha sonriente (creo recordarlo con un diente de oro, que entonces era costumbre en los hombres como una coquetería estética). Finalmente, aparece María “La moña” que entonces era quien acudía diariamente a limpiar el cuartel.
    La foto es de día cualquiera del invierno o primavera, posiblemente de 1964. Alguien pasó con una cámara y todos acudimos joviales (los que estaban en el cuartel o la tienda y la barbería, los que pasaban por la calle o jugábamos en ella), dejando nuestras actividades a retratarnos y dejar testimonio de una esquina llena de vida y un ambiente cotidiano cargado de felicidad y mucha armonía social. Personalmente me llama mucho la atención la forma de vestir, tal y como solíamos hacerlo cada día, por lo que el recuerdo de las personas se amplia a esa imagen completa de los atuendos. Si cierro los ojos, creo que los estoy viendo a todos así y casi veo lo que ocurrió antes y después de la foto. Me parece ver a los hombres bromeando entre ellos y riéndose felices de la ocurrencia de posar en esta imagen entrañable. Por ultimo, la foto se le repartió a todas estas familias y hubo una de ellas durante años en la barbería, detrás del cristal de la vitrina donde Caballero guardaba los paños limpios para el afeitado. Durante años entré en esta barbería como en mi casa y Caballero e Isabelita me trataron y quisieron con ternura como si fuese su propio hijo.

  3. Cuantos recuerdos. Cuantas vivencias. Cuantas carreras. Cuantos proyectos. Cuanta escasez, pero a la vez, cuanta e inmensa infantil felicidad. Gracias Cándido por la descripción tan magnífica y real que haces de ese tiempo pasado, tan maravilloso.

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