Recordando la calle Corrales

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Por Juan M. Alberto

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No me gusta mucho recordar la infancia, y a lo mejor sí la juventud. Pero no podemos obviar la importancia de estas vivencias y cómo te marcan. Son algo muy a tener en cuenta, de mucho valor, porque en ellas esta ese bisabuelo o abuelo entrañable que conociste y que se fue, o aquellos amigos que marcharon a otro lugar y que si ahora vieras, pasarían desapercibidos por delante de tus ojos.

En estos recuerdos, los mas viejos de tu existencia también caben, sin duda, los de un mundo más auténtico y lo más parecido posible a ese pasado que, dicen, siempre fue mejor. Un pasado con utensilios que dejaron de usarse, electrodomésticos que ya ni se fabrican y una sociedad en la que la gente se comunicaba más y mejor, siendo capaz de vivir tranquila y entretenida sin un móvil entre las manos. Con conversaciones sobre el ganado, la cacería, el tiempo, o incluso la política cuando todavía resultaba agradable hablar de ella y cuando aún nos parecía a todos algo bueno y que había costado mucho conseguir. Hablo de los años ochenta, la década en la que viví mi infancia.

Si hay algo de esa década que me gusta recordar, es a todo aquel que de algún modo quise y que se marchó a algún cielo, siempre un cielo, sin retorno. Me gusta hacerlo porque siempre creí que quien murió sigue viviendo un poquito en la Tierra si los que lo conocieron continúan recordándolo. Ya no caminan por la calle, ni envejecen, ni disfrutan, ni ríen, ni lloran, pero queda algo de ellos en la memoria de los que siguen vivos. Como si esa fuese la última etapa de nuestras vidas; una etapa que dura hasta que ya no exista ninguno de los que se acordaban de ti.

Y también, si me pongo a hacerlo, rememoro de esa época cantidad de lugares. Como la confitería de Paca, la que estaba encima del altozano de los corrales y cuya esencia, para mí, es un papel marrón rojizo con doce bizcochos pegados. Creo que a casi todos nos vendrán a la memoria esos dulces tan austeros como ricos y su olor cuando estaban recién hechos y se quedaban adheridos al cartón.

O… ¿Qué digo?… Miento; la esencia de esa tienda eran sus dueños: Paca y José. Siempre simpáticos, siempre serviciales y nunca malmetiendo contra nadie. Dos padrazos sin hijos, aplicados y emprendedores que sabían mantener su negocio con holgura, sin agobios y sin riesgos.

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Cuando ibas entre semana escuchabas desde allí dentro las máquinas de la carpintería de Diego «Carpanta», siempre bondadoso y reservado. Y no pocas veces veías pasar a ese padre coraje, José «el Mirrero», y a su hijo Joselito con el necesario casco rojo puesto. Y otras a Juanito en bici haciendo el sonido de una bocina ficticia con la boca. Incluso si ibas a ultima hora podías escuchar a lo lejos a la Pancha llamando a su nieto: «Salvadoritooo, a coméee…».

Mi abuela Antonia solía entrar un rato por las tardes a sentarse con Paca y la madre del gran Santiago en aquella trastienda siempre oscura, donde estaba el horno y olía a algo tostado, lo que serían las almendras de los bollos.

Y qué buen servicio daban abriendo el domingo entero. Por la mañana vendían teleras, chucherías, alguna cuchilla de afeitar, o una cerveza o casera para almorzar. Y por la tarde, sin duda la hora álgida, los dulces: bollicaos, alpargatas, donuts y los que ellos horneaban. Incluso aquellos batidos de chocolate, vainilla o fresa que tan exóticos aún nos resultaban por entonces.

Además empezaban a entrar los primeros forasteros a dejar la llave de sus casas de alquiler, los mismos que se asombraban al ver todo lo que allí se vendía, desde pequeños camiones metálicos de juguete, hasta papel higiénico, pasando por recambios de fregona, carimbolas, material escolar, polos Flash, y aquellas bolsitas sorpresa de plástico negro que costaban cinco duros.

Si mal no recuerdo, creo que se podía llamar por teléfono; al menos en el mueble marrón oscuro situado a la izquierda había uno rojo con las teclas negras, porque ya por aquel entonces Telefónica los instalaba con teclas y no con aquella ruedecilla tan simple como fiable de tiempos anteriores.

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Y ahora todavía suelo ver a Paca las tardes soleadas de invierno, siempre rodeada de amigas encima del aparcamiento de Ronda, con una pierna fastidiada pero muy saludable por suerte. Y qué decir de José, que me lo encuentro a menudo en su terrajo (parcela), siempre saludando con toda la amabilidad posible y con muchas ganas de conversar.

Así era entonces el pueblo, sus tiendas y la calle Corrales, sin duda una de las más alegres y a la vez castizas. Y no solo por José y su Joselito, por Juanito y su bici o Paca y su marido, lo era por muchas cosas más. Como los saludos siempre efusivos de Fernando Román «el Barbas», a veces sustituidos por simpáticos piropos; o, sin ir más lejos, la figura delgada de su tío, mi abuelo Juan, cuando bajaba la cuesta con el alba camino de tomarse una copa de coñac ancá «el Morcón», justo antes de marchar al campo con la intención de llamar a sus cabras, aún adormiladas, con silbidos.

Y es que la calle más larga no solo destacaba sobre las demás por su longitud. Ya desde arriba del todo, desde la primera casa, vivía gente con chispa, de la que nunca pasa desapercibida.

Que decir del olor a churre que salía de ancá «la Mondeja». O justo enfrente, Luis «el Choro», con sus bromas y sus seguros; y por debajo, Joselito «el Pancho», muy apegado a sus padres. Siguiendo estaba Francisca, la prima de mi abuela, continuamente risueña y entretenida con las ocurrencias de su hijo. Fernando «el Colorao», que tan amigo era de mi abuelo materno. Los zapatas puerta con puerta de José María «el de los magníficos». Salvador «el Municipal» y sus paraguas primero rotos y después arreglados. El Diánez y su capa negra o como se llamase esa prenda tan ancestral. Juanito deseando que hubiese una huelga general para poder librar y quitarse de las manos por un día el olor a gasolina. David siempre pensando travesuras. La Dormía de más arriba, y la de mas abajo. Mariquita «la Riscá» y su marido. Mis abuelos. Francisco «el de las veguetas» y esos nietos altísimos que le llegaban cada verano de Jerez. Tere y «el Palma», del que algunos decían que se parecía a Manolo Escobar. Y después de un corral inmenso sembrado de flores azules, la casa de los americanos, la única de piedra de todo el pueblo y que por fuerza debía estar en esa calle.

Le seguía el tramo con más familias numerosas, como «los Fandangos», «los Polines», «los Peñas», y «los Ciruelas» con sus coches caros traídos de la costa. Luego venía un último trecho que recuerdo mas solitario, pero donde estaba aquel solterón al que llamaban «el Pilón» y cuya casa ahora permanece en ruinas. Después, los malagueños y su pequeña carpintería de puerta verde como la de Espinete. Y por último, en la esquina, Rufina muy pendiente de su nieto.

En estos tiempos, la tienda de Paca sería un negocio inviable, y la calle Corrales ha cambiado mucho; mucho para peor, porque ya apenas viven la mitad de familias que entonces, hasta parece mas umbría y oscura. Pero lo que más ha perdido, si cabe, es gente de esa que te marca tanto que por fuerza recordarás por mucho tiempo, durante toda tu vida; todos esos paisanos que destacaban por su profesión, por su ingenio, por su altruismo o por, simplemente, ser ellos mismos.

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Foto Ángeles Salas

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Publicado el agosto 15, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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