Recuerdos y Añoranazas de Grazalema de Francisco Campuzano. III Parte. De las formas de vestir, y otras costumbres y anécdotas antiguas.

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Rosario Diánez Camachi. Foto: Eugne Harris. 1957.

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Francisco Campuzano Mateos

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Por continuar relatando cosas de mi Pueblo, se me ha ocurrido ahora escribir sobre costumbres antiguas de otro tiempo, en distintos aspectos de la vida grazalemeña.

Supongo que habrá muchos, como yo, que conozcan el dicho de “nunca te acosta­rás, sin saber una cosa más”.

Sin embargo al regresar a Granada, en esta septembrina mañana, caigo en la cuenta, después de mis desastrosos días de caza, de que por más avanzada edad a la que llegue, nunca podré adivinar el comportamiento de las torcaces; cosa que ya, hace muchos años, me advirtió El Hormiga.

Tanto esto, como especialmente el haberles disparado tan rematadamente mal, me llevaron a concluir que ya los viejos, no estamos sino”para sopitas y buen caldo”.

A pesar de lo cual, por aquello de que “genio y figura hasta la sepultura”, pienso que ni por eso siquiera ha de disminuir mi afición e interés por cazar­las.

Después de cincuenta y nueve años cazándolas, creo que solo podría dejar de hacerlo ante una imposibilidad física total, que me lo impidiera de todo punto, o la muerte.

Hecha esta lógica concesión a mi afición favorita de toda mi vida, pensaré a­hora en la mejor forma de llevar a cabo el trabajo que me propongo, sacando a relucir de lejanos tiempos, los que mejor alcanzo a rememorar, costumbres ya olvidadas.

 

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Foto: Eugne Harris. 1957

 

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Esto me recuerda algo, por lo que Bernard Brenam envidiaba a los novelistas, tal como se lo comentó al sobrino de Pío Baroja.

Razonaba que a éstos les bastaba con estar sentados escribiendo seis meses de­lante de una mesa, para terminar una novela; mientras él llevaba largos años tragando polvo, recogiendo datos de numerosos archivos españoles, para escri­bir la Vida de Santa Teresa de Jesús, cuando le hubiera gustado ser guarda fo­restal en Los Pirineos y cazador de íbices.

Tras esta cita, creo llegado definitivamente el momento de las costumbres a las que me refería.

A pesar de que trazar un plan preconcebido, sería conveniente no solo para lle­var el adecuado orden, sino también por evitar olvidos innecesarios, prefiero seguir mi costumbre de siempre, la de poner las cosas conforme acudan a mi mente.

Empezando por las relativas a la forma de vestir, calzar y cubrir la cabeza; tanto del hombre como de la mujer, en invierno o verano; del Pueblo o del cam­po, donde por entonces vivía muchísima gente; basta para ello observar la can­tidad de ranchos que hoy se encuentran derruidos o deshabitados.

Típica del hombre era lachamarreta”; chaqueta sin solapas, de reducidos bol­sillos, que a la altura del cuello llevaba una doble tira de tela, rematada en sus extremos con un ojal y un botón, que normalmente se llevaba abrochada,

y que se utilizaba, casi en la misma proporción en el campo como en el pueblo.

La boina era la más generalizada entre los niños y los zagales; lo mismo que la gorra entre los hombres. Muchos  de  estos,  como los ganaderos o los que habían de pasar mucho tiempo a la intemperie, usaban sombreros de ala ancha, por la facilidad con que se les podía colocar una funda de hule, los días llu­viosos.

 

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Si bien los “disantos”, en las procesiones y para acompañar a los entierros, se sumaban a los que escasamente lo hacían a diario, otros con sombreros y mascotas.

Los Lunes del Toro, la generalidad de los mozos que lo corrían, cubrían sus ca­bezas con los “cañeros” que días antes se habían comprado en las sombrererías de Ronda; inadecuada denominación, ya que en su inmensa mayoría se trataba de sombreros de ala ancha sevillanos, y no cordobeses, como el que usara el rejo­neador Cañero, con la parte superior de la copa, más estrecha que la base.

Las mujeres por regla general, si no se ponían el velo para entrar en la igle­sia, usaban, tanto en el Pueblo como en el campo, pañuelos de cabeza, negros o de color. A veces pienso, si algunas no lo harían, si les urgía salir, para no tenerse que peinar, tal como yo a veces con mi gorra, hago.

A menudo en verano en el campo, usaban sombreros de palma; e incluso en el pueblo, como los hombres.

 

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Los varones se ponían, bien las chamarretas de las que hablo, bien chaquetas con solapas, que algunos colocaban sobre chalecos con bolsillos, en uno de los cuales llevaban su reloj Roscoff Patent sujeto con una cadena que colgaba de uno de los ojales.

En invierno, como principal prenda de abrigo, ellos una pelliza de paño; ellas su mantón, dejado caer sobre la espalda, y sujeto con sus manos por delante, a la altura de la pechera.

El pantalón más frecuente en ese tiempo era el de pana; para entretiempo los de patán, tela recia prieta y duradera que usaba por ese motivo la marinería.

Y en verano se ponían los de dril, tradicionalmente oscuros más sufridos, pero de tela más liviana, acompañados de una camisa en alto porcentaje de co­lor blanco, como las que llevaban invariablemente los mozos cuando corrían el Toro.

Otras prendas masculinas de aquel tiempo eran las “calzonas” y el “culero”.

 

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Las primeras se colocaban encima de los pantalones y tenían como función evitar el roce de estos contra los peñascos y las molestias de ahulagas, orgazos y zarzales. Algunas, por los continuos aguaceros, se impermeabilizaban con acei­te de linaza.

El culero, aparte de resguardar de la lluvia lo que no cubría las calzonas, per­mitía sentarse sobre una superficie húmeda, sin que se mojara el trasero.

También en aquella época, para poder trabajar en el campo largas horas, acostum­braba el hombre a colgar del cinto, el “preciso”, bolsa pequeña de cuero o lo­na, en la que entre otras cosas, solía llevar, según los casos, una navaja, un paquete de cigarrillos o picadura de tabaco, un librito de papel de fumar y un mechero de “mecha” o de “luz”.

Los de mecha los fabricaban en Bornos; y si alguno lo quería de plata, bastaba con entregar al que los traía una o dos cucharas de este metal, según el ta­maño, para que se lo hicieran.

Las mujeres, aparte de la ropa interior de hoy, aunque de tejido más recio, algunas, para abrigarse, usaban, “refajo”.

 

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Foto: Eugne Harris. 1957

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Acostumbraban a usar vestidos, o blusas con faldas largas, segun edades; hasta al menos por debajo de las rodillas, las jóvenes; y hasta los tobillos, las mayores y más viejas.

Y estas, en caso de quedar viudas, muchas de ellas vestían de luto hasta su muerte; y algunas, observaban la misma costumbre, si moría alguno de sus padres.

Frecuentemente se ponían encima un delantal, con un bolsillo grande en el centro, o dos más pequeños a los lados; en los que llevaban , aparte de un pañue­lo para sonarse, las monedas de entonces, como perras chicas, perras gordas, de real o dos reales, pesetas o duros, cuyo valor era de cinco, diez, veinti‑cinco, cincuenta céntimos, peseta o cinco pesetas; las más usuales , o billetes de una, dos, y cinco pesetas; aunque también los había de mayor valor y tamaño.

En cuanto a las medias, las más usadas eran las de hilo; más gordo o más fino según la temperatura, muy resistente por cierto; y en invierno las de lana, en los mismos colores: blancas, negras o marrones.

 

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Muy pocas eran las mujeres que por entonces se podían permitir el lujo de usar las de seda; aunque al poco empezaron a aparecer las de “cristal”, procedentes de Gibraltar, bastante más caras; que luego se llamaron de nylón y seguidamen­te por el nombre de las fibras sintéticas, que fueron apareciendo.

Apropósito de las medias de cristal y su precio, recuerdo la ocasión en que, con ellas puestas, se cayó en la Alameda una muchachita, arañándose una rodi­lla que le sangraba; y en vez de quejarse de ello, se lamentó repetidas ve­ces Con ¡ay mis medias!, que enternecía aún más.

Las nuevas medias dieron lugar a que alguna que otra mujer en Grazalema, encon­trara durante unos años, una fuente de ingresos “cogiendo carrerillas”, para lo que mostraron rara habilidad, al recomponer sus deterioros.

La expresión muy generalizada “en piernas” se utilizaba entonces, para desca­lificar a las mujeres que por costumbre no usaban medias, o lo hacían en algu­na ocasión tan solo.

En cuanto al calzado, era frecuente por aquellos años que, más los hombres que las mujeres, éstos encargaran que les hicieran unas botas, que abundaban, y al­gunos zapatos a medida.

 

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Por lo que había un buen número de zapateros en Grazalema, como Manolo Castilla Esteban Heredia, Pedro Nieto y Joaquín; aparte de otros, más dedicados a arre­glos y reparaciones fundamentalmente.

Siendo su especialidad las botas de campo, de becerro vuelto, con suelas de neumáticos o claveteadas de tachuelas, era lógico que acudieran clientes de Villaluenga y Benamahoma.

Las mujeres más pudientes y algunos hombres, preferían comprarse el calzado fino, “de vestir”, en las zapaterías de Ronda, especialmente en La Bomba.

Aunque también podían hacerlo en las tiendas del Pueblo; como la de Pepito, el Cafelillo, luego de Blas, o la del Borrego.

Con las vacaciones de verano aparecían las familias veraneantes, como la mía, que daban cierta vida a Grazalema; y que pudiéramos considerar como un antece­dente del turismo grazalemeño; aunque antes que ellos, los pioneros por anto­nomasia, fueron los ingleses que se hospedaron en la Fonda de Antonio Dorado, y alquilaron sus caballos a señó Atanasio El Feo.

Solo para recordar algunas de esas familias, mencionaré a Susana y Pepe Azpilla, Luisa Sierra y Ramón Rodil, Salve y Juán M. Pomar, los Gómez Vizcaíno, más co­nocidos por los Moroneros, Carmen y Jesús Camacho, hermanos, como Encaran ay Salvador Gálvez, etc.

 

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Fonda de Francisco Vázquez. Foto Miguel Martínez Cómitre

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Como por aquella época además Grazalema era Cabeza de Partido, aquí residían, en las Fondas de Paco Vázquez y Cayetana, Jueces, Registradores de la Propie­dad, Notarios y Secretarios del Juzgado.

Aparte del Administrador de Correos, que vivía en la Oficina y el de Contri­buciones, que tenía casa propia.

Al notar lo escrito hasta este momento, un tanto aburrido, o bastante “pestiño” como diría mi hijo Paco, trataré de dar un giro a lo que sigue, si bien refi­riéndome a costumbres que hoy no existen, o personas que nos dejaron, pero sig­nificativas en otro tiempo.

Voy a referirme a las tertulias que formaban las mujeres, al no contar con agua corriente en casa, cuando iban a las distintas fuentes del pueblo, para reco­gerla con cántaros y cubos. Allí salían a relucir cuantos temas de actualidad se referían al vecindario.

Teniendo entendido, por habérselo reñido mi madre, que una de nuestras mucha­chas, cuando le preguntaban algo de mi familia, inventaba las respuestas o mentía como una bellaca; amparándose en el dicho “al que quiere saber, mentiras a él”.

Por otro lado en este mundo globalizado, en el que en cualquier tienda se puede adquirir una botella o tetrabrik de leche, sin duda ha de extrañar a todo aquel que lo desconozca, que entonces, cada mañana, por las calles de aquel Grazale­ma, bajara Francisquito el de la cabras, de esquina en esquina, con un pequeño hato de ellas, un cubo de zinc y dos medidas de uno y medio litro, dispuesto a ordeñar, a la vista de la posible cliente, una de ellas; dándole opción-ade­más a elegir entre la leche de la negra murciana o la nevada payoya.

 

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Foto: Eugne Harris. 1957

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Y al hablar de las autoridades y cargos, se me ha venido a la cabeza Don Maria­no el de las Contribuciones; quizás el hombre más gracioso y ocurrente que por Grazalema haya pasado.

 Y porque de ello puedan convencerse los que desconozcan esta anécdota, contaré la que tuvo lugar en La Plaza de España, una mañana de invierno.

Acostumbraban él y Pedro, el hijo de Amparo, de lo que le vino el sobrenombre de “Clarucho”, a estar a esa temprana hora en el Casino; y en ese momento yo les acompañaba.

 

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Llovía, como allí es habitual, a majazos, cuando por la acristalada ventana vi­mos pasar a mi vecino Andrés El Choro, con su ropa de hule; y en la mano una cesta de palma con asas, que dejaba entrever la roja cresta y plumas doradas de la cabeza de un gallo campero.

 Tocándole en el cristal, le indicamos que entrara; y después del café y la copa de aguardiente reparadores, comenzó D. Mariano, que llevaba la voz cantan­te, el asedio de preguntas.

¿A dónde va hombre de Dios, con lo que cae?.- Voy al Monte de Piedad.- Y ese Pollo?. Se lo llevo a Rodrigo Romero, agradecido porque me dio un préstamo. ¡Pero si él no hizo sino cumplir con su obligación!

A los que nos tiene que estar agradecido es a Pedro y a mí, que fuimos los que le firmamos. Por lo que mejor deje aquí la capacha, que ya un día de estos nos comeremos nosotros el pollo, y se la devolveremos.

Y allí me tienen Vdes., entre broma y veras, defendiendo los intereses de mi cu­ñado, con razones por las que se tenía más que merecido el gallo. Porque aparte de ser un buen padre de muchos hijos, formal y cumplidor exacto de sus deberes, hacía muchos y reiterados favores, como abrir la Caja a los clientes que precisaban dinero con urgencia, y especialmente a horas intempes­tivas a aquellos que iban a pesar ganado y pagarlo al apuntar el día.

Como un triunfo consideré que el “cascón”, entre los pollos del Huerto del Agua Fría, al fin lograra alcanzar su verdadero destino.

Y sin conocer la razón, me vienen ahora a la cabeza los exquisitos merengues que hacía Anita Ramos, así como on pregón que se oía entonces por algunas ca­lles de mi Pueblo: ¡Merengues, merengues, merengues! iY qué buenos son los me­rengues. La Mediapana los vende.

 

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Como recuerdo a señó José Puente y sus famosas cuartetas; especialmente esta que me contó mi amigo Frasquirri, cuando algunos gitanos se dedicaban a robar bes­tias.

Una noche, viniendo él y Juan El Cateto, de la Venta del Tío Paco, en dirección a sus casas, al pasar por la Casilla de Peones Camineros, desde hacía tiempo abandonada, oyeron hablar; y al mirar por una rendija de la ventana que daba a la habitación de la chimenea,   vieron a su alrededor una cuadrilla de gitanos.

Juan que tenía fama de bragado, le pidió el bastón a señó Puente, y entró; mientras José siguió observando; y así vio cómo su compañero, nada más entrar y dar las buenas noches a los gitanos, sacó su petaca cuarteronera y les ofre­ció liar un cigarro, mientras conversaba con ellos.

Al salir, serió Puente que lo aguardaba, tras recoger su bastón, tan solo le dijo: “Juán, me pides el estaco, y luego le das tabaco”

Como tampoco, en aquella época tan falta de vehículos a motor, puedo olvidarme del Isocarro de la Batana, en el que Manolito Briole, acomodado en un sillón de las Huertas de Benamahoma, bien sujeto a la caja de la moto, hacia el recorrido al pueblo y viceversa.

Y que  en  un  principio conducía su sobrino, y más tarde Rodrigo Valle, el que fuera conserje del Casino. Hoy por el contrario el número de vehículos es tal, que hasta cuesta encon­trar aparcamiento en el segundo de El Tajo, a veces.

 

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Foto: Eugne Harris. 1957

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No quisiera terminar este trabajo, sin mostrar y dar a entender el cariño que siempre tuve a mi admirado Grazalema; por lo que algo voy a contar al respecto.

Siendo novios Mayte y yo, un día le dije: ¡verás cuando le dé a la gente por venir a mi Pueblo!.

La verdad que su comentario, maldita la gracia que me hizo. Aquel. ¡Sí hombre, a tu pueblo va a venir gente! me sentó como un tiro.

Por eso cada vez que nos encontramos con un autocar de turistas, maliciosamen­te se lo recuerdo.

Pero mucho peor me sentó lo que me contestó la novia de un amigo mío, cuando se encontraban comprando mantas y cobertores, para su próxima boda, en casa de mi cuñado Mario.

Aunque de nada la conocía, me salió espontáneamente la pregunta que invariablemente le hacía a toda persona que venía por primera vez a Grazalema; ¿Qué te ha parecido el Pueblo? Y que siempre me habían contestado satisfactoriamente.

Sin embargo esta joven se limitó espontáneamente, inoportuna e ineducada a contestarme ¡Una birria¡.

Contestación que me llevó a percibir, como si de una radiografía se tratara, la educación, crianza y valores anímicos de esa persona.

Sorprendido, prudente y educado no supe replicarle; ni nunca podré hacerlo, ya que murió.

Nunca fui rencoroso ni me alegré del mal ajeno; aunque tengo que admitir, a fuer de sincero, que no fue esa una muerte que yo sintiera especialmente.

Y para contrarrestar este mal sabor de boca, concluiré diciendo que como para mí, Grazalema es un Pueblo precioso y encantador, al que amo desde chico, cada mañana me asomo a mi balcón, para contemplar y disfrutar de las vistas de la Cruz del Picacho, Cueva Dos Puertas, el Tajo Mahón y San Cristóbal.

Y como cada año que pasa, tengo más seguro que pronto dejaré de ver para siempre tan emblemáticos lugares, así como el campanil del Calvario, donde enterraron a mis bisabuelos maternos, procuro con máximo interés retenerlos en mi memoria el tiempo de vida que Dios quiera otorgarme.

 

 

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Publicado el octubre 28, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Fernando Campuzano Domínguez

    ¡ Vaya tela , Tio Paco , antropología , pura y dura !
    Mejor que las cartas que le envia tus paisanos y parientes .
    Tengo que relerlo y seguir disfrutando.

  2. Gabriel Naranjo Carrasco

    Muy bueno y descriptivo el relato Don Francisco!
    La escena con Mariano, Andres y el mismo Paco en el casino me la puedo imaginar…..y encima lloviendo como llovia entonces en Grazalema.
    Que malos eramos los niños de aquellos tiempos……recuerdo como nos metiamos con la pobre “Media Pana”.
    un abrazo
    Gabriel

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