Los “maestros de campo o enseñaores.” La historia de Blas Gutiérrez Benítez “Blas El Maestro”

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Cándido Gutiérrez Nieto

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En la entrada del Ayuntamiento de Grazalema (Cádiz), a la izquierda de su escalera, hay una placa que dice textualmente “en reconocimiento a la magnífica labor docente de los Maestros Rurales que con su trabajo pedagógico durante los siglos XIX y XX, por los campos y boyares de este municipio, contribuyeron a que muchas personas tuvieran acceso a la educación”.

Aquellos maestros hunden sus raíces en una profesión antiquísima, casi natural e instintiva que consistía en poner lo poco que se tenía para ayudar a otros a sobrevivir con los rudimentos de la cultura para salir adelante. Los conocidos como Maestros del campo o enseñaores a lo largo de la historia eligieron las peores condiciones para llevar el aliento de la cultura y la esperanza de la educación y la prosperidad, a los niños y niñas de muchos rincones de la geografía española, gaditana y grazalemeño.

En la misma inscripción se añade: “En sesión extraordinaria celebrada el 28 de Agosto de 1987, y a propuesta de la Alcaldía Presidencia acordó la colocación de esta placa en reconocimiento a la magnífica labor docente de los “Maestros Rurales” que con su trabajo pedagógico durante los siglos XIX y XX por campos y boyares de este municipio contribuyeron a que muchas personas tuvieran acceso a la educación”.

Una profesión que ha transitado por la historia de la educación de nuestro país en la sombra y el completo anonimato, a pesar de que su papel fuese tan necesario y esencial.

Estos maestros y maestras naturales de Grazalema fueron, entre otros, los siguientes:

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  • Manuel López Román “Maestro Quiñones”

  • Bartolomé García Calle “Bartolo El Maestro”

  • Juan José Fernández Racero “Maestro Chávez”

  • José Martín Ruíz “Maestro Albérchigo”

  • Dña. Joaquina y Dolores Barea Suárez “Maestras Correitas”

  • Francisco Sánchez Bocanegra “Maestro Mirrero”

  • Juan Luis López Castro “Maestro Quiñones” (sobrino)

  • Antonio Martín Ruíz “Maestro Albérchigo” (hermano)

  • Blas Gutiérrez Benítez “Blas El Maestro”

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A continuación contamos la historia de uno de ellos desde que fue niño quien, a fuerza de ilusión, quiso ser también uno de aquellos maestros del campo. Es la historia de Blas Gutiérrez Benítez “Blas El Maestro” que aparece unida a las otros maestros de los que recibió los escasos años de escuela de su vida. Entre ellos estuvo el también grazalemeño José Martín Ruíz “Maestro Albérchigo”.

Este es su historia y testimonio contado pocos meses antes de morir.

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UNA HISTORIA DE BUENOS MAESTROS

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“… allí el maestro un día soñaba

un nuevo florecer de España”

(Antonio Machado)

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La evocación de este sueño viene de un haz de otros muchos sueños apiñados en la historia de España. Este sueño es uno más, aunque singular, de otros muchos sueños de siempre; particularmente son símbolos de una hermosa página de nuestra historia la de la Segunda República y sus maestros y la de los años posteriores de la posguerra y la necesidad extrema.

Actualmente Blas es un ancianito que a su encorvado y reducido cuerpo le une una prodigiosa memoria y un estilo personal enjugado en los años de ilusiones escolares, como alumno y como maestro. Su historia de vida comienza describiendo su paisaje en las perdidas estribaciones de unas montañas abruptas, junto a valles alejados de la civilización en un mundo apartado, alejado allá en los campos lejanos de la sierra de Cádiz.

En nuestros días es difícil pensar que alguien puede vivir una vocación de forma tan entregada y definitiva. Es difícil pensar que los sueños valen más que las realidades y las realidades existan porque se cree en los sueños. Así es la historia de Blas que conjuga el verbo soñar, porque vivió soñando despierto que algún día alcanzaría aquel sueño.

 

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Esta es una historia de vida, la de aquel niño que soñó con un maestro y una escuela; la de aquel joven que soñó que en algún lugar existía una escuela donde ser maestro porque había niños sin escuelas.

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Cuando yo estaba en aquellas sierras de mi infancia por los lajares de Patagalana y era un muchacho de 16 o 17 años me subía hasta lo más alto de la montaña desde donde se veía mucho territorio y me asomaba a  aquellos tajos desde donde se divisaban muchos valles y otras montañas que se perdían y se pegaban al cielo. Y yo decía, ¡si pudiera era capaz de coger andando y llegar allí porque aquellas gentes tienen que ser diferentes a las que yo trato aquí! Aquí además no había casi nadie con quien comunicarse, sólo estaba con mi ganado, mis hermanos y lo que mi padre nos mandaba.

[…] Yo quería saber lo que era el mundo porque por lo que leía, sabía que el mundo era mucho más que estar escondido en aquellas montañas. Yo siempre tuve mucha vocación por saber. Esto me llevó a pensar en liberarme de aquella situación. Y así tuve aquella idea, a lo mejor peregrina o poco normal, tan peculiar. La forma en que me desprendí de lo que había sido mi vida. Así decidí emular a mis maestros, don Juan y don José y buscar por mi cuenta a los niños de otros campos  y sin escuelas.

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Rancho de Patagalana

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Pero ¿cómo fue en la infancia de Blas su experiencia escolar o de aprendizaje?, ¿quiénes fueron don Juan y don José?

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Su primera escuela. El maestro con el que amó el conocimiento

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A finales de la década de los años 20 del siglo XX en muchos lugares de nuestro país, sobre todo en el medio rural, en los campos y montañas alejados de las ciudades, la escuela era algo desconocido para los cientos de niños y niñas que vivían, junto a sus padres, de las labores en la agricultura y el pastoreo. Para miles de niños esta palabra resultaba un tanto mágica ya que casi nadie había conseguido asistir a ninguna. Como referencia, para hacernos a la idea, la tasa de de analfabetismo en Andalucía en 1920 era del 66% y en 1930 del 53%. Y la tasa de escolarización en 1930 en la provincia de Cádiz era del 31% según recogemos en Corts, M. I. y Calderón, C. (2006)1.

Desde mucho tiempo atrás en la historia, aquellos tipos de niños carecían de infancia ya que lo común era que desde muy pronto empezaban a ayudar a sus padres en sus trabajos. Así Blas recuerda que igual que sus hermanos, y otros muchos niños y niñas de los campos próximos donde vivían, desde la edad de ocho años ya andaba por los campos y riscos detrás de los rebaños. Para ellos, lo más parecido a una escuela eran los momentos de reunión familiar al final de la jornada.

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 “Al anochecer de los fríos inviernos, junto al fuego del rancho donde se hacía la comida y nos calentábamos, oíamos las historias antiguas que nuestros padres y sobre todo nuestros abuelos nos contaban y otras veces leíamos de un solitario libro que conocíamos casi de memoria.

[…] Por las noches, casi a oscuras, entre sombras, con el resplandor del fuego moviéndose y reflejándose en las grietas de las paredes del rancho, en mi imaginación soñaba que aparecían personajes de cuentos que hacían viajes fantásticos por mapas de países lejanos como los que había en aquel libro. De ellos el que más miraba era el de España”.

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Un día de octubre de 1931 llegó la noticia de que en aquel valle donde habitaban unas cuarenta familias iban a poner una escuela. Meses después, desde marzo o abril de 1932 hasta 1934, aquel sueño se hizo por primera vez realidad.

Estaba instalada en una antigua zahúrda de ganado, junto a una vivienda del guarda, que se adaptó a escuela. Tenía unos 40 metros de largo. Vinieron unos inspectores del ayuntamiento de Villaluenga y expertos para hacer  una escuela en esta zahúrda.

Había 40 y tantos vecinos citados por el ayuntamiento para que llevaran a sus hijos. La República se había tomado mucho interés y estaba poniendo escuelas en otros lugares que nuestros padres conocían. La nuestra era una escuela unitaria, mixta.

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[…] La experiencia desde aquel día fue muy bonita.

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Y con la escuela llegó la oportunidad de comenzar a ver aquellos sueños en la realidad. Tener un maestro o maestra o poder ir a una escuela era una suerte que no estaba al alcance de todos. La mayoría de los niños de entonces (y las niñas aun mucho peor) no lo tuvieron y la mayoría suspiraron haber tenido al menos alguna oportunidad de encontrar esa magia que se producía al saber leer o escribir. Poder penetrar tras esas puertas que se abrían a la cultura y la sabiduría;  ir hacia un mundo donde no existiera la ignorancia. Pero como dice Blas:

 

[…] eso no estaba al alcance de todos, el pueblo más humilde y pobre, sobre todo aquel que vivía en los campos vivía en la incultura y la ignorancia.

 

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Con la escuela llegó el maestro y la experiencia de aprender. Llegarían los maestros de la Segunda República, aquellos que tuvieron en sus manos la luz de la esperanza de que este país podría ser otro. Una pequeña luz que vino de las escuelas en los años esperanzados de la libertad de la Segunda República. Maestros que formaron un sueño de progreso que se contagió en los primeros años a toda la comunidad a pesar de que luego degeneró en tragedia y dolor.

Con aquella oleada para Blas llegó su primer maestro. Y llegó don Juan que era un joven maestro de Cádiz (“apenas tenía 20 años”) que, en su fase de interinidad (“¡allí estaba pagando su interinidad!”) recién salido de la Escuela Normal, desde entonces, cada día salía a eso de las 6 de la madrugada del pueblo para llegar al valle a la hora de comienzo de las clases. Cuando el maestro montado en su borriquita aparecía por el horizonte, quien vivía más cerca de la escuela izaba la bandera que había en un mástil en su puerta y aquellos niños corrían felices a esperar su llegada.

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[…] Este maestro era muy dado a explicar. Como norma en la semana un día lo dedicábamos a salir al campo, casi toda la mañana estábamos de paseo por el campo. En él nos explicaba botánica, las partes de la flor, cómo se forma la corola de la flor, qué es el estambre o el pistilo y como se reproducían las plantas. Hablábamos de los insectos, de todos los animales, y viendo el paisaje estudiábamos la geografía o leyes de física…

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La historia, así contada, vuelve una y otra vez en el sueño de esta escuela que es la escuela de Blas en sus comienzos. Tomo la tiza, la envuelvo en tus alas y empieza el vuelo y los recuerdos. Alas y tizas… Y comienza el sueño… Comienza entonces esta historia, escrita con la vida compartida de aquellos maestros y maestras diferentes que ya no están entre nosotros pero que nos soñaron.

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[…] El maestro estuvo en contacto con las familias. Algunas veces hablaba con los padres que los citaba allí. Siempre estuvo en contacto con las familias y con los niños.

 […] Allí había también una biblioteca, instalada en lo que había sido uno de los dormitorios. La biblioteca tenía un rótulo que decía “Instituto nacional de Misiones pedagógicas”. Allí le pedías un libro y te lo prestaba. Yo leí muchos de aquellos libros.

[…] Yo era el primero de la clase. Leía muy bien. En clase de lectura, yo era el que comenzaba aquellas lecturas. El maestro decía, ¡que pase el primero! y yo leía en el libro del maestro.

[…] Hacíamos de todo, también trabalenguas como este que dice: “Esta es la llave de mi jardín, esta es la cuerda de la llave de mi jardín, este es el clavo donde cuelga la cuerda de la llave de mi jardín, este es el martillo con el que se clavó el clavo donde se cuelga la cuerda de la llave de mi jardín, esta es…” ¡Y yo lo aprendí completo la primera vez que lo leímos y lo decía sin fallar ni dudar siquiera!

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Historias escritas, en la normalidad de una escuela, deseadas y amadas por todos los maestros y maestras que ejercieron en estos años con verdadera vocación aquella profesión que se decía era especial para cambiar el rumbo de aquella España. Historias necesarias que fluyen como manantial eterno de otras vidas en nuestras vidas…

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[…] Yo cogía un libro y el maestro me decía, esto me lo tienes que explicar completo (¡de aquella plana!) ya fuese de gramática, geografía o lo que fuese y yo me ponía y se lo repetía completo. Por eso fui el primero.

Todavía me acuerdo de aquella canción,

 

“Pajarito prisionero, yo la jaula te abriré

para que levantes el vuelo bajo el encanto del cielo.

Madre llévame a la escuela, lalala, lalala”

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Aquel tesoro para aquellos niños sólo duraría algo más de dos cursos ya que pronto las cosas cambiaron y aquel lugar perdió su nombre encantado volviendo a ser otra vez una zahúrda. Pero Blas tuvo suficiente tiempo para desear conocer todo lo que hubiese en los libros, para amar la suerte de aprender y saber muchas cosas.

 

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Blas Gutiérrez Nieto con su hijo Cándido

 

Y aquellos maestros después de aquella entrega fueron castigados.

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[…] él era laico y después de la guerra (la Guerra Civil española) no lo expulsaron como maestro pero si lo echaron a África, lo echaron a Marruecos y estuvo cuatro o cinco años allí. Ya ves que cuando se fue tenía una niña con tres añitos y cuando vino ya tenía ocho o nueve años.

[…] Esto me lo contó él porque yo lo busqué muchos años, sesenta años después, para hablar de aquellos días y darle las gracias por todo lo que me dio en tan poco tiempo, ¡pero que fue tanto!. Lo encontré en Cádiz, vivía ya muy mayor en el Campo del Sur. 

[…] Aquello que recibí entonces me ha ayudado toda mi vida

 

El segundo maestro o la vocación de enseñar

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Se dice que un verdadero buen maestro es precisamente aquel que nos sigue enseñando cuando ya no está. Un verdadero buen maestro es el que nos deja sus enseñanzas en la memoria y nos brinda métodos para afrontar los desafíos sin que necesariamente tenga que estar presente. Un verdadero buen maestro no es imprescindible, lo imprescindible son las enseñanzas que nos deja. Y si don Juan abrió a Blas la luz del conocimiento, don José le despertó la luz de la vocación por enseñar y desear hacerlo más que nada en su vida.

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[…] Yo tuve dos maestros. Primero el de la República y después otro que vino de la cárcel porque había sido represaliado. Esos fueron mis únicos maestros. Juan fue mi maestro de primaria, José fue el más especializado.

[…] José era un maestro del campo que venía a nuestro rancho un día sí y otro no. El horario era cuando llegaba, siempre casi a la misma hora. Nos dedicaba el tiempo que no era por horas sino era por tareas. En cada casa estaba el que necesitaba cada niño. En mi casa éramos cuatro hermanos, aunque éramos tres los que recibimos clase.

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En estos años en muchos lugares había dos clases de enseñantes, los oficiales y los llamados maestros del campo y particulares. Estos segundos eran personas con no demasiada formación pero mucha voluntad que practicaban una profesión y actividad que se aprendía como el resto de las profesiones; en contacto directo con la realidad que por lo general consistía en practicar lectura, escritura, cálculo, caligrafía; “poniendo cuentas y planas y dando de leer”.  Duraban con cada niño unos poquitos años, hasta que este niño ya leía, escribía y sabía de cuentas “las cuatro reglas”. Práctica profesional que podríamos encuadrarla en una formación de carácter artesanal. Aquellos maestros hacían este trabajo como podían; de ahí venía aquel dicho tan famoso de que “cada maestrillo tiene su librillo”.

De ahí que junto a los jornaleros que iban por los ranchos buscando trabajo, también iban unos maestros tan familiares para muchos como fueron los maestros del campo o también llamados “enseñaores”, nombre con el que se les conocía en la zona de la campiña.

En este grupo estaba don José. También en el colectivo, como don Juan, de los maestros represaliados. Un colectivo de profesionales que junto a los jueces fue el más perseguido y castigado por la dictadura y que hoy evocamos en nuestra memoria con la nostalgia de aquellos anhelos evaporados; formando una polifonía de voces que a pesar de estar ya lejos en el tiempo, están en lo más profundo de los corazones de todo español de bien.

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[…] Pasan los años y después de la Guerra fue cuando en el año 39, al final del 39, viene por allí don José, un maestro que había estado por los campos de Grazalema y habló con mi padre para darnos lección. El no tenía carrera tampoco, había estudiado como pudo, como también hice yo. Y cuando la República se había asociado a aquellas ideas que hablaban de un nuevo país y la mejora del pueblo a través de la educación. Durante la guerra estuvo en la zona “roja”. Y al final lo prendieron y estuvo en la cárcel donde enfermó. Pero allí mismo en la cárcel se encontró con gentes políticas que muchos eran personas preparadas. Y él decía “mi afición por saber y el haberme encontrado allí con muchos que habían sido incluso catedráticos de universidad fue mi salvación”. Y ellos para pasar allí el tiempo, allí en la cárcel, hicieron como una academia y se daban clases. No cobraban nada, sólo tenían la satisfacción de enseñarse unos a otros. Y don José me decía “allí me aproveché mucho y aprendí mucho, mucho en la cárcel. La historia, gramática, geología, astrología, … de todo”.

[…] En geometría era donde don José estaba más puesto, sabía incluso rudimentos de trigonometría; y todo lo necesario sobre el fundamento del sistema métrico antiguo y moderno. Además sabía lo otro y lo otro”.

[…] Era como un maestro titular. Según sabía y enseñaba y según vocación tenía por enseñar yo he visto muy pocos maestros como él.

 

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Escuela de Barrida

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Con aquella actitud,  y el amor a lo que sabía, don José había prendido la llama de la vocación en Blas, había plantado en él la semilla de la vocación al magisterio. La vocación de don José irradió vocación en Blas y surgió un eslabón más en la cadena en la que tanto don José y Blas fueron eslabones. Unos eslabones de la cadena de la vida de todos los niños y niñas de aquella frustrada Segunda República y el drama de la guerra y el vacio nuevamente de los niños sin escuela.

 

[…] De aquel maestro copié su forma de ser, su forma de mirar su trabajo. Allí yo me enamoré de la vocación que presentaba enseñando a sus discípulos entre los que encontraba. Y eso hizo que además de haber tenido siempre mucho amor por el saber, con él, con mi maestro, conseguí además interesarme más, que me compenetrara más con él. Y a la vez él, al ver mi pasión, se interesaba aún más por mí y me prestaba toda la atención que necesitaba y mucha más. Don José echaba muchos ratos conmigo.

[…] A mí solo me dedicaba más atención que a mis cuatro hermanos juntos. ¡Y era por mi ilusión! Se estaba los ratos hablando conmigo de forma coloquial aunque de ahí salían los temas. Y él que me llamaba de usted, me decía al final de aquellas clases: “¡esto profundice usted en esto para pasado mañaba!” Y cuando venía pasado mañana, porque iba días alternos, me pedía un esquema para que yo se lo explicara y se lo decía de memoria. Y cuando terminaba me decía bueno “pues ahora me vas a explicar qué has entendido”. Y eso no lo hace cualquiera porque la gente estudia y estudia de memoria para salir del paso, por eso este maestro no era como cualquiera. Yo en mi mente el día que él no estaba, que no había escuela, mientras trabajaba en el campo, arando o lo que fuera, iba preparando aquel esquema y cuando se lo explicaba el me alentaba  a saber aún más”.

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Cuando Blas fue maestro

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Esta historia tiene ahora el tercer maestro que es el mismo Blas en quien confluyen los otros maestros. Blas es la síntesis de los sueños y anhelos de los escasos pero extraordinarios maestros que tuvo. El buen hacer de aquellos sirvió para que Blas enseñara durante años a docenas de niños y niñas también olvidados en los años duros de la posguerra en aquella triste página de los niños sin escuela.

Blas, como don José, fue también un “maestro del campo”. En la historia de la educación española encontramos un original y muy ilustrativo relato que dejó testimonio de aquellos maestros. Se trata del testimonio de Luís Bello2, periodista del Diario “El Sol”, quien inicia entre los años 1926 y 1929 un viaje por los lugares más recónditos de nuestro país para conocer el estado de las escuelas de España. Sus artículos fueron publicados posteriormente en la bellísima obra de tres tomos titulada “Viaje por las escuelas de España”; siendo uno de ellos “Viaje por las escuelas de Andalucía”. Su fuerte militancia en Izquierda Republicana y su largo recorrido por España y Andalucía, por el norte y el sur, retrató la realidad con lo que se encontraba y cómo eran aquellos niños y aquellas escuelas.

En los pueblos y ciudades como las escuelas son pocas, “los hijos del pueblo más pueblo se quedan en la calle”, mientras los de la clase media van a la “escuela de balde” y los de las clases “acomodadas” a la escuela de pago, es decir a los colegios. Por lo demás las diferencias sociales “graban surcos demasiados hondos en la infancia (76) y el absentismo escolar, estacional o permanente acaba por reforzar una situación lastimosa. […] Para los del campo “la siega, la aceituna, las labores y las tareas domésticas, el trabajo, siempre el trabajo sometido a la autoridad paterna o de quien le sustituye ocupan buena parte de los tiempos de la infancia”. […] Sus precarias condiciones de vida dan buena muestra de una infancia sin niñez y una permanente vida adulta sumida en la pobreza: […] “descalzos y descamisados, muchos recuerdan el picaresco candor con que retrató Murillo a los niños populares en sus lienzos (75).

Quienes les enseñaban eran maestros autodidactas, algunos de ellos con gran autoridad y prestigio entre los campesinos y gentes del lugar por ser buenos y muy disciplinados; aunque otros fueron hombres rudos que impartieron sólo nociones básicas para aprender a leer y escribir. […] Son maestros con espíritu misionero representantes de unas formas nómadas de enseñanza tan común como la ausencia de escuelas y la necesidad de que las hubiera […] la ambulancia pedagógica que irá de vina en viña, de cortijo en cortijo, de dehesa en dehesa, dando la lección a los niños que acuden a su encuentro. Son estos maestros también campesinos, sin título, que reciben un real o un céntimo por lección”. (p. 36) La voluntad y el entusiasmo alcanzan en ocasiones un sentido místico y ardiente de la profesión que trabajan con la más exacerbada conciencia de su responsabilidad, a veces verdaderos hombres de lucha de discurrir socrático” (p. 38)

Esta actividad, ejercida por libre, ha durado durante siglos. La  lista de los últimos que llegaron a ejercerla se agota entrados los años 60 del siglo XX como últimos exponentes de una actividad quijotesca, ejercida con verdadero espíritu, entregando el cuerpo y alma, en ese modelo de “apostolado laico”. Blas lo hizo desde 1944 (a la edad de 21 años) hasta 1956. Considera que tuvo dos etapas cruzadas por un tiempo de ausencia cuando fue movilizado por el ejército.

 

[…] Yo empecé a dar clase el 25 de marzo de 1944. Y lo hice porque tuve que ir a Arroyomolinos en una ribera de Zahara muy poblada, densamente poblada, donde no había maestro. Y la mayoría no tenían interés en que sus hijos estudiaran, pero como había tantos, y entre los tantos pues algunos sí se interesaron por poner maestro a sus hijos.

[…] Cuando yo ya empecé y la gente se dio cuenta que yo era un maestro que me dedicaba y que tenía fe. Estaba dedicado exclusivamente a enseñar; pues entonces si empezaron a llegar otros discípulos de las familias de por allí.

[…] Eso duró primero 6 años. Aunque en medio hubo un pequeño lapsus de movilización militar ya que, aunque yo estaba exento por mis problemas del brazo derecho, luego Franco nos movilizó a todos porque entonces hubo una incursión de los exiliados en los Pirineos y tomaron algunos pueblos. Eso nos movilizó a todos. Por lo que estuve en servicios auxiliares durante un tiempo en Cádiz. 

 

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Blas con un grupo de sus alumnos

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[…] Al comienzo de todo, me puse a dar clases de maestro porque en aquellos años entre los labradores teníamos unas obligaciones con el Servicio Nacional del trigo; teníamos que declarar la cosecha que producíamos. Entonces había muchos molinos ilegales que molían de estraperlo. Y a mi padre (hablo de la cosecha del 43) le obligaron a ir al que estaba más cerca que estaba declarado, dado de alta, lo que se llamaba un “molino maquilero”.

[…]  Yo tenía 20 años cumplidos y me presenté allí con aquel trigo y veo que en aquella ribera había tantísima gente, tantísimo muchacho por la carretera jugando, dando voces, que me llamó la atención. Entonces pregunté a uno, ¿aquí no hay maestro con tanto personal? Y me dijo que no, que no lo había. Esa misma pregunta se la hice al dueño del molino.  Aquel molinero, que años más tarde sería mi suegro, me dio la misma respuesta aunque me dijo; ¡hombre claro, véngase vd por aquí, en mi casa tiene albergue para dormir y la cena se la damos también! ¡Vd. se viene por aquí, recoge unos muchachos y los míos también, aunque a los míos les tendrá que dar gratis, porque si tiene donde quedarse y la cena, pues…! Y yo dije, bueno eso es lo de menos, lo que quiero es un sitio… Y así di aquel primer paso.

[…] ¿Y cómo empecé? Buscando esos muchachitos y yendo a sus casas a darles clases. Yo no tenía más sitio que la casa de cada uno donde iba directamente.

[…] Tenía que someterme a las condiciones de los padres. Ellos me decían: “mi hijo no está porque se tiene que ir temprano a la aceituna, mi hijo no está porque por el día vamos a una finquita que está lejos, pero por la noche está aquí, Vd. tendría que venir por la noche…”; y así todo. Unos por la noche, otros por la mañana,… aquello era un caos. Ahora que yo lo suplía todo con la fe por enseñar. ¡Por salir adelante me adaptaba a todos los inconvenientes que tuviera aquel trabajo; a todos!

[…] Y así, fue tanto el personal que se apuntó que tuve que poner dos zonas. El territorio que cubría, de muchas casas aunque dispersas, lo organizaba en dos zonas, un día iba a una y otro a otra. Así desde los lunes a los sábados. Y los domingos iba a mi casa de Patagalana que estaba muy lejos, en el término de Villaluenga y entre ir y volver, estaba casi todo el día en el camino para recoger una muda de ropa que me tenía preparada mi madre. Incluso en unos años en los que andar de noche por esos montes era muy peligroso, y nunca se sabía lo que podía pasar.

[…] Así recorriendo campos y buscando niños llegué a tener hasta 60 alumnos; 60 y algunos, no sé si hasta 63. Era levantarme antes de día y acudir a los que exigían estar allí y dar la clase, como ellos decían, con la luz del candil. Yo me adapté siempre a las exigencias de ellos. En una casa tenía dos niños, en otra tres, en otra hasta cinco. Y siempre iba a buscarlos donde los tenían trabajando […]  Había padres, sobre todo madres, que para sentarnos preparaban la mesa del rancho, la única que había en aquellas viviendas.

[…] Me pagaban de diferentes maneras. Porque donde había 3 o 4 muchachos siempre había alguno gratis. Si había alguna niña, porque con ellas los padres tenían el sistema que ellas no lo necesitaban. Y como había que economizar pues se les excluía. Sin embargo yo, cuando veía una muchachita en edad de aprender, con 8, 10 o 12 años, que se ponía a mirar a los hermanillos cuando daban clase, yo les decía a los padres: “¡mire Vd. yo a la niña le voy a dar clase también, le voy a traer una cartilla y que empiece poco a poco y ya está!”; y la incluía gratis.

Yo empecé a cobrar dos duros, 10 pesetas al mes. Por un trabajo de ir 14 o 15 veces al mes a la misma casa. Y así. La comida era otro problema. Yo salía sin desayunar y cuando lo hacía, porque así estaba acordado, ya había pasado por tres o cuatro casas. Pero muchas veces me pasaba en esas casas, donde tenía que comer, que no tenían en ese momento medios y no tenían para darme, por lo que me la encontraba sola. Si preguntaba por la madre me decían que se había ido a un pozo a lavar, aunque a mí no me importaba y yo buscaba a los niños como fuera para darle lección.

[…] Cuando llegaba a otras casas, sería que se me notaría, ellos mismos me preguntaban y allí, si yo tenía alguna confianza, podía tomar algún bocado de algo. A lo mejor me ponían un huevo frito o un poquito de café; y así. […] La comida la cogía como los pájaros, casi.

[…] En una casa me daban algo de comer y en otra incluso me pagaron remendándome las botas. Años más tardes (hablo del año 46), nos pusimos de acuerdo otros maestros (3 o 4 como yo) y subimos un poquito y lo pusimos a 15 pesetas al mes; pero siempre incluyendo gratis a los más pequeñitos; aquellos niños que muchos tenían miedo hasta de acercarse al maestro, hasta que se acostumbraban.

[…] También teníamos el inconveniente del tiempo porque entonces llovía mucho y no se podía dejar de dar las clases. En fin, nos poníamos calados hasta los huesos porque andaba por ranchos y campos que estaban hasta en tres términos municipales (Zahara, El Gastor y Grazalema). […] Más adelante me compré para los días de agua un capote y andaba más rápido bajo la lluvia y el temporal. Nunca me paraba. Mi ilusión era conseguir abrir una escuela donde los niños vinieran.

Durante años la profesión de Blas, sin tener título oficial, fue, como así se les llamaba, Maestro del Campo. En uno de aquellos lugares, muchos kilómetros lejos de su casa, consiguió que los padres de aquel otro lugar organizasen de nuevo una escuela como la que él siempre quiso tener y lo primero que dibujó en sus paredes fue un gran mapa de España. Allí conoció a quien sería su mujer y la madre de sus hijos y la vida de Blas quedó para siempre unida a la de aquel maestro que siempre soñó con los sueños de los niños sin escuela.

 

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Grupo de alumnos de Arroyomolinos

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[…] El éxito fue cuando conseguí reunir un grupo de 30 o 35 niños y un cobertizo junto a una venta que preparé para escuela. Era el año 54, diez años después de mi comienzo; y duró hasta el 56. Yo mismo me fabriqué la pizarra, encargada a un carpintero, con una plancha de madera de tablet que puse en un marco y pinté de negro. Pero hasta entonces yo mismo di muchas veces clase en cualquier sitio, no tenía más remedio que adaptarme a lo que fuera hasta en lo alto de una aulaga. Yo mismo la machacaba con el pie para que no me espinara y cortaba un manojo de matagallo que eso no espinaba y allí me sentaba para preparar la lección. Le escribía en la libreta o la cartilla lo que tenía que hacer cada niño, a eso le llamábamos las planas.

[…] Cuando estaba en aquella escuela donde los padres traían los niños, trabajaba todo el día desde la mañana a la noche. Yo vivía cerca de la escuela en el molino, en una casita pequeña que había junto a una huerta que antes utilizaban de almacén.

Entonces yo daba algunas clases como me las dio don Juan el maestro de Barrida. Salíamos al campo y explicaba muchas cosas de las ciencias naturales. También explicaba la geometría, los ángulos, las figuras; la geografía, los fenómenos naturales. Luego ya en la escuela leíamos y se hacía gramática y matemáticas, en fin todo muy bien.

[…] Sin embargo aquello duró poco porque ya iba cumpliendo años y aunque trabajaba mucho apenas ganaba y ya llevaba tiempo con novia. También se decía que el Ministerio iba a poner allí una escuela oficial con un maestro del Estado.

[…] Yo me fui de allí porque quería prosperar, porque quería reunir para casarme y no tenía casi nada. Me ofrecieron participar en un negocio en Villamartín; abrir una tienda como socio […] El otro era el capitalista […] y creí que eso podría ser una solución para ir a un pueblo grande donde poder hacer las cosas de otra manera e incluso presentarme a oposiciones por libre y llegué hasta comprar los libros del temario. Luego todo fue de otra manera.

 […] Me acuerdo que cuando ya decidí irme de mi escuela y se lo conté a todos los padres aquello fue lo que no me esperaba. El 26 de agosto de 1956 fue el último día y no hice más que despedirme de mis discípulos y sus familias. De aquel día tengo unas fotos y muchos recuerdos. Allí llegaron muchos padres a despedirse y me mostraron mucho agradecimiento y afecto. Mucho respeto de aquella gente, que eran muy buen gente y muy formales.

[…] Incluso los más chiquitillos se quitaban del medio llorando porque el maestro se iba y se quedaban sin maestro.

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Nuevamente para aquellos niños, los niños pobres del campo, se volvía a repetir la historia, como una nueva vuelta de la ruleta del infortunio de los niños sin escuela. Y allí por un tiempo se rompió la magia de los versos. Como dice el poema de García Lorca (1921)3:

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“Salen los niños alegres

de la escuela, poniendo en el aire tibio

de abril canciones tiernas.

¡Qué alegría tiene el hondo silencio de la calleja!

Un silencio hecho pedazos

por risas de plata nueva”.

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Aunque Blas no perdió nunca sus vocación y su espíritu. Y allí no acabó todo porque su vida ya estaba impregnada de sus vivencias y de su vocación y así, como pudo, siempre ejerció de maestro porque eso es también una condición personal.

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Arroyomolinos antes de la construcción del pantano de Zahara.

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[…] También preparé a muchos que entraron de Guardias Civiles o de suboficiales en el ejército o incluso de carteros, guardas forestales; en fin todos terminaron conmigo  preparaditos, preparaditos. […] Recuerdo a los padres de tres hermanos que llegaron a entrar los tres en la Guardia Civil. Desde entonces, siempre que me veían, hasta última hora de sus vidas, cuando ya eran muy viejecitos y me veían se alegraban tanto y siempre me decían “si no hubiera sido por Vd., Blas, mis hijos no hubieran sido más que lo que eran allí, nada. Gracias a Vd. salieron para adelante”, […] porque eso dependía mucho de la ilusión, la que yo le ponía y la que ellos necesitaban.

[…] Porque hay un refrán muy antiguo que dice que el maestro lo hace el alumno. El buen alumno ayuda al maestro a ser buen maestro… Como me pasó a mí con mi maestro don José. Con él mi fe por aprender se encontró con la suya por enseñar y ambos nos contagiábamos de esa fe. Como se contagian de todos los maestros que son buenos, que tienen vocación. Y el alumno así se siente predilecto de aquel maestro.

 .

Como hiciera Antonio Machado (1915)4 a su amigo Giner de los Ríos, dedicamos estos emotivos y sugerentes versos a los tres maestros de esta corta aunque intensa historia de vida.

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“Oh sí, llevad amigos, su cuerpo a la montaña,

a los azules montes del ancho Guadarrama.

Allí hay barrancos hondos de pinos verdes donde el invierno canta.

Su corazón repose bajo una encina casta,

en tierra de tomillos, donde juegan mariposas doradas…

Allí el maestro un día soñaba un nuevo amanecer de España”.

 .

En prueba de agradecimiento a don Juan y don José, y también ahora a don Blas. Y a todos, tantísimos y tan buenos maestros y maestras de vocación y amor a la escuela y la infancia que con su testimonio dan fe de haber sido con plenitud maestro o maestra.

Porque contar con orgullo haberlo sido, haber sido maestro, dice con énfasis Blas, “[…] es de las experiencias más hermosas que la vida pueda regalarnos”.

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026 Arroyomolinos

Arroyomolinos durante el primer embalse del nuevo pantano.

 

 images

 

Referencias

[1] Corts, M. I. y Calderón, C. (2006). Estudios de historia de la educación andaluza, Universidad de Sevilla, p. 266

[2] Bello, L. (1998). Viaje por las escuelas de Andalucía, Junta de Andalucía, Sevilla, pp. 36 a 76

[3] Fragmento del poema “Canción primaveral” fechado el 28 de marzo de 1919 (Granada)  y aparecida en el Libro de poemas, 1921. En “Federico García Lorca. Libro de poemas”: Recuperado el 18 de marzo de 2014 de

 http://usuaris.tinet.cat/picl/libros/glorca/gl002100.htm

[4] Poema de la obra de Antonio Machado “Campos de Castilla” y firmado en Baeza el 21 de febrero de 1915, tras la muerte de Giner de los Ríos. En “poesías de Antonio Machado en la red”: Recuperado el 18 de marzo de 2014 de http://www.poesi.as/Antonio_Machado.htm

Bibliografía

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Fernández de Castro, I. y Rogero, J. (2001). Escuela Pública. Democracia y Poder. Madrid: Miño y Dávila.

González, L. (1997). Invitación a la microhistoria. México: Clio.

Goodson, I. (2004). Historias de vida del profesorado. Barcelona: Octaedro.

Mata, M. (1997). La escuela pública. Barcelona: Destino.

Martínez Bonafé, J. (1998) Trabajar en la Escuela. Profesorado y reformas en el umbral del Siglo XXI. Madrid: Miño y Dávila.

Pujadas, J. (1992). El método biográfico: el uso de las historias de vida en las ciencias sociales. Madrid: CIS.

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Publicado el noviembre 11, 2015 en Uncategorized y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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