Crónica negra de Grazalema. La ejecución de 7 de junio de 1.851.

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 Diego Martínez Salasseparador-para-web

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Los acontecimientos que vivió España desde la guerra de la Independencia Española, hasta la Iª Guerra Carlista, la más cruel de todas nuestras guerras civiles, provocó una sociedad sumamente violenta.

Esto y la escasa expectativa de vida de la época, hizo que muchos españoles atribuyeran un escaso valor a la vida humana. Cualquier desengaño amoroso, los celos, el honor, los lances en el juego o en cualquier otra cuestión en la que se impusiera el orgullo, pecado capital de los españoles de todas las épocas, podía acabar trágicamente con la vida de cualquier parroquiano.

Por eso, aunque durante el siglo XIX, se va abandonando la arbitrariedad y crueldad propia del derecho penal del Antiguo Régimen, donde aún se aplicaban los Fueros y las Siete Partidas, con su completo catálogo de penas accesorias a la pena de muerte, consistentes en torturas, azotes, penas infamantes, desmembraciones y decapitaciones posteriores a la ejecución; lo cierto es que a mediados del S. XIX, imperaba aun en plena discusión sobre la necesidad de avanzar en el humanismo del derecho penal; un sistema penológico extremadamente duro, que se creía como el más adecuado para refrenar la gran inseguridad ciudadana existente y que solía reaccionar con la aplicación de la máxima pena, en los homicidios, por el mero resultado de la muerte, sin tener en cuenta en demasía, el resto de circunstancias concurrentes en el caso concreto, ni en las personas intervinientes.

A mediados del siglo XIX, especialmente a partir de la promulgación de los Códigos Penales de  1.848 y 1.850, se refuerza especialmente el efecto intimidatorio que la ejecución de la pena de muerte se busca que tenga sobre la colectividad (es lo que se conoce en derecho penal como principio de prevención general) De ahí que durante aquellos años se buscase que la ejecución tuviese lugar en el mismo lugar donde se cometió el homicidio, con el fin de que sirviese de escuela y advertencia a los vecinos, testigos de los hechoos, evitando también las posibles venganzas que pudieran ocasionarse entre las familias de los reos y sus víctimas; sometiendo todo el proceso a un medido ritual que reforzase el cumplimiento de estos fines.

En la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España se conserva un ejemplar del diario “La Esperanza”, de fecha 20 de junio de 1851, que nos ha dejado un descriptivo artículo de la ejecución de una pena de muerte ejecutada en grazalema, y que pasamos a transcribir para incorporar a nuestra particular colección de “Crónicas Negras de Raíces de Grazalema”

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“Málaga 7 de Junio de 1851  (Del Nacional de Cádiz)

Ya dije a Vds. en comunicación del día 20 de abril último que a Francisco Chacón, “el Fraile” se le había condenado por este juzgado de la pena de muerte en garrote y otras accesorias, por la muerte alevosa que infringió en la persona de Juan Peña, y que se había remitido la causa al Tribunal Superior del Territorio. (las apelaciones de estas causas graves dependían de la Audiencia de Sevilla)

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Antiguo Ayuntamiento de Grazalema, en cuya planta baja se encontraba la cárcel del Partido Judicial.

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Como no podía menos de esperarse, la Sala Principal que conoció de ello, confirmó dicha sentencia en todas sus partes en el día 28 de mayo próximo pasado, cuya real previsión secreta trajo un alguacil de dicho Tribunal, encargado en la venida del ejecutor de justicia; y con efecto, a las diez de la mañana del día 4 del mes actual fue notificado al reo y conducido a la capilla que al efecto se había preparado en uno de los locales altos de la cárcel, (en aquellos años, Grazalema, disponía de una cárcel para todo el partido judicial, no de un arresto municipal que ocupaba la practica totalidad de la planta baja del Ayuntamiento)

En el acto de la notificación predicha, permaneció el reo con bastante serenidad y aún se le notó cierto movimiento en las manos que tenía esposadas, indicativo de ira. Y yéndose a él, el presbítero don Joaquín Naranjo, que se hallaba presente con el reverendo cura párroco y otros venerables sacerdotes, lo condujo a la capilla, en la que confesó públicamente el reo que la sentencia que se le había impuesto era muy justa.

Durante los tres días de ella, aunque bastante contrito se le observaba una entereza poco común, y llegada la hora para la ejecución, pidió agua para lavarse y vestirse de limpio, y dispuso que los 530 reales que se le habían recogido de limosnas en estas cuatro villas hermanas, se distribuyesen en esta forma: 60 reales para la viuda de su víctima Juan Peña; 66 reales a su confesor don Joaquín  Naranjo para descargos de su conciencia; 120 reales a su padre; el valor de unos zapatos nuevos al preso Juan Santos Aillon, y lo restante para misas por su alma.

Practicado así todo, manifestó que qué hacía el Verdugo que no venía, y entrando este a los pocos momentos  y precedido el mutuo perdón de estilo por este tal acto, le vistió ropa y gorro, (era norma que el sentenciado a la pena de muerte fuese conducido al patíbulo con ropa negra), y conducido con varios hermanos de caridad a la puerta exterior de la cárcel en la que fue montado en un jumento. Lo que debía de verificarse a las 12 de la mañana del día señalado para la ejecución.

Los hermanos de la Caridad tenían la función de acompañar al reo y consolarle durante el tiempo que duraba la capilla hasta el momento final. También eran los encargados de recaudar limosnas para auxiliar a las necesidades de su familia,y para la aplicación de misas por  su alma, moviendo a los parroquianos a que rezasen y aplicasen sufragios por aquel de sus vecinos que pronto iba a abandonar el mundo de los vivos. Estas tareas solían realizarlas los hermanos de la Hermandad de la Santa Caridad que para la ocasión vestían túnica y capirote negro con cruz blanca y allí donde ésta corporación no existía por los miembros de la Escuela de Cristo, de los que sabemos existieron en la Iglesia de San Juan de letrán y de la Aurora de Grazalema.

Tras ser montado el reo en el jumento,  o en un carro, según preveían la leyes, comenzaba a andar la comitiva precedida de un pregonero que iba leyendo el texto de la sentencia en los lugares que le señalase el Juez que presidía el acto. “y conducido al lugar del suplicio, presentando bastante humillación; y habiéndose reconciliado al pié del mismo, subiólo por sus pies, (era obligatorio levantar un tablado donde se instalase el garrote vil) se le ató por el ejecutor, y hecha la protestación de la fe por el ministro auxiliante, se pronunció el símbolo del Credo, y a la palabra da costumbre dejó de existir el que la sociedad había lanzado de su seno.

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Garrote vil.

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Tal es el triste cuadro que esta villa y vecinos de las inmediatas presenciaron en el día de ayer; y quiera el cielo que haya causado el efecto  que yo creo en el corazón de un pueblo altamente religioso y sea un correctivo para que no se repitan atentados que no puedan reproducirlo.

No será justo dejar al silencio la asistencia y esmero que han tenido, prodigando toda clase de socorro temporal y espiritual al precitado reo, el digno alcalde don Cristóbal Gómez, el respetable clero y Hermanos de la Caridad, de la que es presidente el presbítero don Francisco Sizuela; pero sin ejemplo el infatigable y virtuoso sacerdote don Joaquín Naranjo, a cuya ilustración y celo se debe el cumplido arrepentimiento y contrición de un reo que alejaba toda idea de abatimiento por su carácter iracundo, pues sobre haber permanecido a su lado durante los días de capilla, le condujo al suplicio y asistió hasta la muerte, en cuyo acto, habiéndose levantado el pañuelo que cubría el rostro del moribundo por el fuerte viento de poniente que rugía, se lanzó lleno de su más ardiente caridad evangélica y ocultárselo, como lo hizo por dos ocasiones. Actos de esta naturaleza son los que explican mudamente la verdadera religión del Crucificado y los que conmueven el corazón humano; y he aquí por qué lodos los espectadores prorrumpieron en gritos de sentimiento y caridad, pero sin que estos turbasen la tranquilidad en lo más mínimo para lo cual, la autoridad gubernativa y judicial habían dictado de antemano enérgicas disposiciones, a fin de atajar hasta el más mínimo vislumbro de temor; secundándolas también la fuerza del ejército que vino de Cádiz y guardia civil de los destacamentos inmediatos, con su marcial e imponente presencia.”

Tras la ejecución y aunque el artículo no lo mencione, el cadáver del ejecutado, había de quedar expuesto en el patíbulo hasta una hora antes de oscurecer, en la que sería sepultado, generalmente por los hermanos de la Caridad, si sus parientes o amigos no lo solicitaren o no podían hacerse cargo del mismo. Sepelio que había de hacerse con toda sencillez y sin ninguna pompa.

Estos espectáculos públicos, en ocasiones, fueron objeto de una curiosidad morbosa ajena a la finalidad ejemplificante para los que estaban previstos. De hecho acudían habitantes de las poblaciones limítrofes, alquilándose balcones, y vendiéndose refrescos y golosinas durante los mismos, por lo que se prohibieron en 1.893;;+ fecha a partir de la cual se ordenó que las penas de muerte se ejecutaran en el interior de las prisiones y con una publicidad restringida.

 

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Mecanismo del Garrote Vil, conservado en el Tribunal Superior de Justicia de Granada.

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Publicado el enero 3, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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