Carta a Pauline

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Por Juan M. Alberto

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Querida Pauline.

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Ya sé que lo nuestro no tiene solución, que no habrá reconciliación posible, pero me gustaría seguir describiéndote esta tierra tan bella y tan decadente. No pretendo atosigarte otra vez con la verborrea  técnica de siempre, ni mucho menos. Ahora, en esta humilde nota escrita sobre áspero papel español, no mencionaré a Malinowski, ni a Mauss, ni a Boas, ni siquiera a mi brillante nuevo amigo Caro Baroja. No habrá más allá de este párrafo término etnográfico alguno. Solo quiero que conozcas mejor el mundo sureño que ahora me acoge. No te lo quiero describir como un antropólogo, sino como el enamorado que empieza a querer a esta tierra igual que un día te quiso a ti.

Sería muy placentero para mí que aprendas a valorar tu grata condición, que entiendas lo afortunada que fuiste al nacer en nuestro nebuloso país y en una familia de afamadas actrices y aristócratas pudientes como las nuestras. Y si no llegas a ser capaz de entenderlo, te invito a que te vengas conmigo y contemples la miseria que aquí me rodea. Una miseria que te repugna al mismo nivel que te atrapa y cautiva.

Ya estoy acabando mi proyecto y creo que sé cómo lo llamaré, seguramente “Hombres de la Sierra”. Finalmente me he centrado en ese pueblo pintado de cal que por suerte descubrí, el más bello que sin duda jamás he visto y en el que ahora me hallo. Es tan hermoso como austero y abrupto. Aquí no llega el tren, ni siquiera una carretera decente. Mi coche parece que va a desarmarse por ese camino sinuoso y atestado de piedras, pero luego tiene su recompensa, porque cuando entra en este lugar arrinconado entre sierras, se siente único y admirado por todos; aquí apenas hay tres de ellos, tan solo el del cura, el de un taxista, y alguno más. Son tan escasos que ni siquiera el alcalde tiene, siendo el mío el más grande y lujoso.

Hoy he conocido a un hombre joven, más o menos de mi edad. Era tímido y retraído, lo supe solo al ver la forma en la que me miraba desde encima de su mulo. Finalmente conseguí robarle unas palabras. Me dijo que iba a trabajar, a segar trigo, cosa que me sorprendió, pues aunque había luna llena, ya era de noche. Cuando quise saber por qué lo hacía a esas horas, me contestó que necesitaba ahorrar dinero para casarse y que si le sobraba se compraría una viña. Está claro que los sueños de estas gentes son muy distintos a los nuestros. Estoy seguro.

 

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Cuando le pregunté por su novia me acordé de nosotros. Me vino a la memoria el respeto que siempre le tuve a tu padre; todo un señor. Él hablaba igual del suyo, aunque cierto es que todo lo pronunciaba así, como con miedo. Aquí casi todo el mundo vive asustado y atosigado por un régimen devastador. Tan solo veo relajados y felices a unos cuantos que siempre andan por el casino y el ayuntamiento; son los ricos y poderosos. En ocasiones encuentro a pobres risueños, pero sus sonrisas son intrusas, seguramente esconden más dolor que alegría, más agotamiento que fortuna.

Francisco, así se llama, me dijo que su futuro suegro responde al nombre de Blas y es apodado como “el perdío”, oriundo de ese otro lugar que te dije me gustaría conocer, Villaluenga, otro pueblo humilde, seguro. En estas latitudes casi todos los autóctonos son así, repletos de manos agrietadas, camisas blancas rotas y pies descalzos. Pero  Grazalema tiene algo más, ella es única, enigmática y silenciosa.

Este hombre tímido, al que gustan apodar como “el sene”, no parece tener meta alguna en la vida, o será solo que no lo demuestra. Seguramente sí la posea, pero no irá más allá de comprarse una pequeña viña pagada con muchas horas de sudor nocturno, y poder subir a su prometida al altar. Posiblemente ni siquiera él lo sepa, no creo que le quede mucho tiempo para poder pensarlo. Tan solo unas pocas horas para dormir algo y volver al trabajo con el alba.

A mi ahora me ocurre igual, igual que al pobre Francisco, no estoy seguro de nada, porque aún me pregunto si lo nuestro podría volver a funcionar. Mientras él siega a destajo, yo miro la noche callada pasar entre la reja de mi ventana y me vienen a la memoria nuestros paseos juveniles por las calles siempre mojadas de Londres, y aquellas melancólicas tardes de estudio, sentados bajo un viejo reloj de pared y junto a una taza de humeante té inglés. En momentos como éstos me planteo si mi vida sería más plena estando a tu lado, y sobre todo, qué podría cambiar de esta vida errante para que volvieses a quererme.

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           Del que no te olvida,

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                                                       Julián A. Pitt-Rivers

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Dedicado a Francisco Sánchez Ramírez, mi abuelo, que aunque calló  mas de lo debido y aguantó más allá de lo inaguantable, supo pasar por el mundo con bondad y sin molestar.

 

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Publicado el mayo 25, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Cándido Gutiérrez Nieto

    Extraordinario documento; una pincelada cargada de melancolía y realidad vital en la figura de mi tío Francisco. Enhorabuena

  2. p_intorsanchezalbertop

    Gracias por la parte que me toca. Saludos.

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