El Chiquito de “El Pastizal”

 

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Atanasio Menacho

1ª Parte

 

Juan había nacido en el rancho “El Pastizal”. Su madre trabajaba allí ayudando en las labores de la casa y su padre era el pastor del rancho. Su madre lo trajo al mundo en aquel rancho y al nacimiento ayudó la partera del valle.

Juan creció poco, no era un enano pero sí que era de reducida estatura y desde muy niño estuvo en el campo con su padre cuidando el ganado, mayormente cabras y ovejas.

Cuando sus padres se fueron al pueblo Juan se hizo cargo del pastoreo. Lo que más le gustaba era el ordeño para el que tenía una habilidad especial. Cuando llegaba ese tiempo lo llamaban de otros ranchos de La Ribera para ayudar a ordeñar cabras ovejas o vacas. Juan era el mejor en ese trabajo. Ordeñaba una piara de ovejas en un rato, y no importaba lo duras que tuviesen las ubres, Juan le metía los dedos y las dejaba secas en un momento.

Aunque como hemos dicho era muy bajo de estatura Juan no era un hombre débil ni mucho menos ; tenía unos antebrazos poderosos y nadie se atrevía a “echar un dedo” contra él y al pulso no había quien le pudiera doblar aquel brazo tan corto pero tan nervudo y fuerte.

Era un trabajador incansable y su mundo eran sus ovejas, sus cabras y sus perros. Cuando las hembras empezaban a parir Juan se iba a dormir al aprisco para evitar que las alimañas pudieran comerse las crías y seguía durmiendo cada noche entre sus animales hasta que los borregos o cabritos se podían valer por sí solos o se vendían.

Juan iba poco al pueblo, cuando lo hacía para algún dísanto o para que su madre le cambiara la ropa de verano por la de invierno. Bajaba a la plaza donde tenían sus casas y bares los ricos comerciantes y los terratenientes del pueblo que en cuanto lo veían lo llamaban al casino donde le pagaban unos vasos y le gastaban bromas pesadas o se reían con su simple visión de la vida o de sus pequeñas anécdotas siempre relacionadas con sus cabras u ovejas. Muchas veces las bromas eran muy pesadas y las chanzas continúas. Juan no hablaba mucho y solo sonreía; al parecer daba por bien empleado aquellas burlas que le hacían a cambio de vino gratis.

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Foto: Colección Antonio Valle Menacho

Cuando pasó el tiempo y Juan por su edad y sus achaques no podía con el pesado trabajo, se vino al pueblo. Su hermana tenía una casa muy humilde en el barrio alto y Juan se instaló en la habitación de arriba. La casa tenía un corralito donde tenían gallinas y donde sembraban algunas verduras y frutas. Juan hacía pequeños trabajos y ayudaba a ordeñar a todo el que lo necesitara, nunca pedía nada y la gente le daba lo que podía, unas veces algunas monedas y otras un cantarito de leche;  a Juan le daba igual. La hermana de Juan nunca se había casado a pesar de haber sido muy guapa en su juventud.

Juan bajaba a la plaza casi a diario donde lo esperaban los graciosos de turno para hacerlo blanco de sus bromas. Siempre eran los mismos y entre ellos el que más se destacaba era Don Pedro Luna que era uno de los caciques más importantes del pueblo.

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Calle Sevilla. Años 50. Foto: Isabel Salas Organvídez

2ª Parte

Don Pedro Luna

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Don Pedro Luna era uno de los caciques más importantes del pueblo. Era un hombretón grande y de aspecto imponente. Le gustaba vestir bien, en verano un traje de tela y en invierno su terno de lana y su capa, sombreros de ala ancha, chaleco y reloj de oro en la faltriquera, zapatos o botas de cuero a la medida.

Su familia, había sido de las más importantes en los tiempos cuando el negocio de los batanes y la lana hizo del pueblo uno de los más importantes de Andalucía por su potencia industrial. Cuando el negocio de la lana empezó a flaquear la familia Luna vendió los telares y compraron un par de ranchos en el valle.

Al ser Pedro hijo único; a la muerte de sus padres, había heredado todas las propiedades. La Familia Luna había tenido problemas con los trabajadores de sus fábricas que le acusaban de explotarlos con salarios de miseria y jornadas agotadoras. Don Pedro decía que “La Mano Negra” aún era una amenaza en la zona y que por eso, siempre iba armado con su Browning del 9 corto recién llegada de Bélgica,  que  de vez en cuando mostraba orgulloso a sus amigos.

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Don Pedro había arrendado los ranchos del valle y había rumores de que tenía la costumbre de enviar a un emisario pidiendo al colono que fuera a Montecorto a algún mandado y ese dia presentarse en la casa. Al parecer, era más fácil arrendarle los ranchos a Don Pedro, si el matrimonio era joven y la esposa era de buen ver.  Había tenido amoríos en su juventud y se decía que a algunas muchachas las había seducido ofreciéndole matrimonio pero que pasado el capricho se había olvidado de ellas.

 La residencia de Don Pedro era una casa solariega en la calle Arcos con un enorme patio trasero, altos muros, árboles y unas bonitas vistas desde sus ventanales, tanto a la sierra como a la ermita, la casa tenía acceso por tres calles diferentes.

A Don Pedro le gustaba frecuentar el casino del pueblo donde se reunía con sus amigos en la parte alta donde jugaban al billar, al monte o simplemente fumaban, bebían y hablaban de sus cosas, tenía un vozarrón y le gustaba alardear de sus conquistas y de sus negocios entre carcajadas y exabruptos.

Aquella fría noche de diciembre, Don Pedro había estado especialmente chistoso con el hombre que todos conocían como El Chiquito del Pastizal. Las bromas como de costumbre habían rozado el mal gusto; de vez en cuando Don Pedro echaba su capa por encima de Juan y le tapaba la cabeza diciendo luego que su capa apestaba a pies, provocando la risa de todos. Había preguntado a Juan varias veces por su hermana y le dijo que le diera recuerdos suyos y mientras hacía esto, miraba a sus amigos y les guiñaba el ojo. Juan no decía nada, solo sonreía como era habitual en él y se dejaba hacer.

Después se fue al Café de Navarrete en la calle Hospital que es donde se reunían los trabajadores y los hombres más humildes del pueblo. Allí por las noches había partidas de cartas, dominó y vino barato. Juan nunca jugaba, solo miraba sin decir nada, a veces sonreía cuando alguien hacía una mala jugada al tute pero nadie sabía si Juan sabía jugar o no ya que nunca lo vieron sentado a una mesa de juego. Solo miraba el juego con atención y se bebía algún vaso de vino antes de irse a dormir.

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Aquella noche los hombres dijeron que lo habían visto un poco raro. Había bebido más de la cuenta y tenía la mirada como perdida. No paraba de salir y entrar del café como si esperara a alguien.

Sobre las 11 de la noche, Don Pedro salió del casino. Su imponente figura se recortaba en la plaza y como de costumbre se dirigió a la calle de Las Piedras, aunque la forma natural de ir a su casa fuera por la calle Hospital, Don Pedro sabía que en el Café de Navarrete había hombres que le odiaban y otros que lo adulaban. Si los aduladores lo invitaban a tomar algo tendría que ir y no le gustaba ver las caras de los otros. No es que tuviera miedo pero no quería ir a la cama con mal sabor de boca.  Así que subía por la calle de Las Piedras y para ir a su casa cruzaba por la calle que une la calle de Las Piedras con la calle Arcos y que es conocida en el pueblo como La Calleja de San Juan.

 

3ª Parte 

La Calleja de San Juan

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En una de sus salidas a la puerta del Café de Navarrete, Juan vio a Don Pedro atravesar la plaza y dirigirse a la calle de Las Piedras. Juan entró al bar, apuró su vaso de vino, dejó una moneda en el mostrador y salió deprisa. Pasó por la puerta de la Iglesia de San Juan y subiendo por la calle Arcos, se dirigió a la callejilla que lleva el nombre de la Iglesia. Casi al mismo tiempo que Juan entraba en la calleja, la figura de Don Pedro se recortaba en la oscuridad de la noche entrando por el lado opuesto.

La Calleja no estaba iluminada ya que por su configuración, no se consideraba un sitio peligroso. En la única casa que tenía puerta de entrada en la calleja, vivía Miguel “El Marchante”; las demás puertas eran una cuadra que solo se abría de día y el resto eran muros de piedra altos encalados y algún ventanuco estrecho. La Calleja de San Juan es muy estrecha, un potencial asaltante no tendría sitio donde emboscarse. Se podia pasar sin peligro.

Miguel El Marchante en su declaración ante el juez dijo que sobre las 11 de la noche oyó una voz que identificó como la de Don Pedro Luna preguntar “quién va” y que oyó otra voz responder “El Chiquito del Pastizal”

Cuando Don Pedro entró en la calleja vio una figura que entraba por el otro extremo, puso la mano en su Browning y preguntó ¿quién va?”, para asegurarse de que no había La respuesta lo tranquilizó y al cruzarse con Juan en la parte más ancha de la calleja, casi frente a la puerta de Miguel, y como solía hacer en sus bromas volteó su capa por encima de Juan diciendo: ¿Adónde vas Chiquito del Pastizal?

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Foto: Colección Antonio Valle Menacho

(Miguel El Marchante dijo que oyó un leve forcejeo y pudo escuchar claramente un quejido de muerte. Cuando salió a la calle, vio un hombre en el suelo y temiéndose lo peor salió corriendo a avisar a las autoridades).

Cuando el confiado Don Pedro envolvió a Juan con su capa, éste desde debajo y con la fuerza tan extraordinaria que tenía en sus manos, le asestó a Don Pedro dos golpes rápidos y secos con un objeto punzante. Don Pedro no tuvo ni tiempo ni fuerzas de empuñar su pistola; sus piernas de doblaron y cayó al suelo como fulminado por un rayo. Juan siguió su camino con paso rápido y salió de la calleja por la calle de Las Piedras.

Cuando a la mañana siguiente, las fuerzas del orden fueron a la casa de Juan, su hermana les abrió la puerta medio dormida y sorprendida. Cuando le preguntaron por Juan dijo que estaba en su cuarto, que lo había oído llegar tarde y que aún no se había despertado. Los guardias le pidieron entrar a hacer un registro y en el sobrado, encontraron a Juan suspendido en el aire colgando de una cuerda. Había una silla tumbada en el suelo y en su mano derecha se podían ver restos de sangre coagulada.

Cuando el juez efectuó el levantamiento del cadáver, en el bolsillo de la vieja pelliza de Juan, se encontró una lezna de zapatero con el mango de madera también manchado de sangre.

La autopsia reveló que Don Pedro murió por dos heridas provenientes de un objeto puntiagudo, una le atravesó un pulmón y la otra el hígado, ambas heridas hubiesen sido mortales. Don Pedro había fallecido prácticamente en el acto.

Según la costumbre de aquellos tiempos una cruz de metal se instalaba cerca del sitio donde se producían muertes violentas, en este caso al no existir ninguna ventana ni sitio aparente en la Calleja de San Juan, la cruz se instaló en la calle de Las Piedras, encima de una ventana grande que había varios portales más arriba de la entrada a la calleja. La cruz estuvo allí hasta que la casa y la ventana fueron derribadas a principios de los años 80.

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Foto: Francisco Diánez Guerrero

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Publicado el febrero 1, 2014 en Uncategorized y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. IMPRESIONANTE HISTORIA YA EXISTIA EL ACOSO COMO AHORA POBRE HOMBRE DESCANSE EN PAZ

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